Misiones
Es párroco de la iglesia Inmaculada Concepción
Entre liberaciones, exorcismos y sanaciones como instrumento de fe

“Nací donde nacen los grandes”, sostuvo el padre Carlos Viera como introducción de su vida, una en la que camina con intensidad y entrega por su comunidad. A este párroco de la iglesia Inmaculada Concepción de Posadas no le agrada que lo llenen de aplausos, se considera un instrumento mediante el cual Dios lleva a adelante su obra: sanar y liberar.
Es que a este cura misionero nacido en Corpus un 17 de febrero hace 58 años lo buscan numerosas personas a diario para charlar sobre sus inquietudes y sus misas de sanación son multitudinarias. Además, es teólogo, docente y actualmente el único sacerdote exorcista de Misiones.
Viera se asentó en Posadas de chico y se crió junto a su familia en el barrio Las Rosas. Cursó la primaria en su “gloriosa” Escuela 579 ‘Fuerza Aérea Argentina’ y la secundaria en la Comercio 6. Ya en esos años había sido catequista y aunque cursó Matemáticas como carrera universitaria durante un año, la espiritualidad lo llamó con más fuerza y marcó el rumbo de su vocación. Con 22 años entró a estudiar al Seminario La Encarnación, de Resistencia, Chaco, donde estuvo siete años. Regresó a Posadas en 1997 y le encargaron ser formador del seminario menor, que en aquel entonces se hacía en el seminario Santo Cura de Ars. “Después me ordené diácono y después pasé a ordenarme sacerdote”, contó.

Tras una larga jornada de atenciones de las personas que demandan de sus consejos y palabra, el párroco recibe a El Territorio para contar un poco de su trayectoria. No le gusta mucho hablar de sí mismo, reconoció, para él el valor está en ser puente para llegar al conocimiento de Cristo y no en su trascendencia individual.
¿Hubo algún acontecimiento o alguna figura en particular que influyó por ahí en su vocación?
Tengo un maestro que fue el segundo obispo, monseñor (Carmelo Juan) Giaquinta, él fue un poco mi maestro, mi mentor para que me vaya al seminario. Siempre tuve una espiritualidad de los jesuitas porque la capilla -después pasó a vicaría-, permanecía atendida por los jesuitas y tuve una espiritualidad jesuita. Con Giaquinta yo hablaba para ser religioso, pero él me pidió que sea diocesano, me explicó un poco y empecé a prepararme para ser diocesano.
¿Qué edad más o menos tenía?
Un tiempo bastante complejo porque yo estaba en cuarto o quinto año del secundario y empecé a ser catequista, a meterme en eso, a trabajar fuertemente en eso.
¿Era una cuestión familiar o algo particular suyo?
No, mío en particular. Tenía primos que amagaron, pero quedaron el amague. Empecé a descubrirlo caminando y después me fui dando cuenta de que el llamado estaba y por eso me inicié, me largué para ir al seminario sin conocer nada de lo que era la vida ahí, allá fui aprendiendo. Uno se va haciendo en el tiempo, te vas reconociendo cuando trabajás con los niños, cuando trabajás con la gente, cuando estás en la capilla, cuando te metés a fondo, cuando ves la realidad. Todas esas cosas que son un despertar de la vocación.
Entró sin saber mucho cómo era el seminario, ¿surgieron dudas en algún momento?
No conocía nada porque no hice un seminario menor, yo terminé la secundaria, hice el primer año de la carrera de Matemáticas y me fui al seminario sin conocer. Ahí me fui armando la vida de seminario, primero para adaptarme, después también adaptarme a Resistencia, que nada que ver con la tierra colorada. Después con los años uno se enamora del lugar, yo estuve siete años no sólo estudiando, sino en distintas comunidades haciendo pastoral los fines de semana, acompañando a la gente, dando catequesis, afianzando, que era parte de la formación pastoral.
Siempre hay dudas, siempre tenés la duda cuando trabajás en este camino, ¿será que es mío, será que no? Al comienzo es muy fuerte, uno lo va concretando, lo va afianzando. Cuando mis compañeros dejaban siempre le decía a mi director espiritual del seminario, “pucha, se están yendo los mejores y quedamos los troncos en el seminario”. Pero uno se va afianzando y a la vez va encontrándose con la pobreza de uno.
¿Cuál considera que es el desafío de la misión pastoral en la sociedad de estos tiempos?
El desafío es volver a Dios, pero cómo hacerlo. Hay mucho ruido, hay mucha propuesta y es un desafío permanente. De hecho que la Iglesia va dando respuesta a los desafíos que va encontrando en la vida eclesial o en la vida social, por supuesto que a algunos les cae bien, a otros les cae mal, según la postura de la Iglesia. Lo que acá interesa es que Dios siempre está y que el hombre no puede no responder a ese llamado de ser hijo de Dios, porque si no la humanidad pierde la capacidad de fraternidad cuando Dios no se encuentra. Por eso son desafíos muy fuertes, porque cada vez entra más el individualismo, el materialismo, cada vez hay más problemas con el tema de la negación a Dios en concepto o en actitudes. Creo que este es justamente un desafío en la evangelización porque es responder a Dios, no a la religión, sino encontrarse con Dios, encontrar un sentido. A veces lo tomo a Víctor Frankl, que tiene un libro El hombre en busca de sentido y creo que uno pierde el sentido de la vida cuando pierde la trascendencia. Porque la finalidad del hombre, ¿cuál es? Ser feliz.
Hay, sin embargo. una búsqueda de espiritualidad muy fuerte, pero por otros caminos…
A veces la gente busca el facilismo y el compromiso está lejos, porque uno ve que Dios está como en último lugar en algunos aspectos de la vida, no en todo y no para todos, pero una gran mayoría y en el ambiente se siente a un Dios lejano. También está el tema de la frustración de un Dios que parece que no responde a mis necesidades, aparece este pensamiento de decir “si Dios existe, ¿por qué pasa esto?”. Se pierde la capacidad de ser, de entender la libertad, el libre albedrío, entonces cuando pasa algo, alguien tiene que ser culpable y el primer culpable es Dios. ¿Por qué la guerra? ¿Por qué el hambre? Hay guerra y hambre por la mezquindad del hombre, por la acción del hombre, no por la acción de Dios. ¿Y por qué Dios no interviene? Pero vos querés ser libre, ahora si Dios interviene es demagogo, al final ¿qué querés? Somos cabeza de termo.
Usted recibe a diario a un montón de gente por distintas cuestiones, ¿por qué inquietudes, molestias, dolores acude la gente a usted?
Son variados, uno de los temas más fundamentales es la enfermedad física. Después la otra fundamental es el tema de los males, los trabajos que se le pueden hacer a una persona, cuestiones espirituales y también problemas psicológicos. Es un combo de cosas que uno tiene que ir diferenciando.
Pasamos a otro tema, usted también es conocido por ser exorcista… ¿Cómo nace su relación con esta área?
Era diácono cuando empecé con esto, fui ayudando algunas cuestiones en su momento, me fui metiendo, la gente me fue conociendo y por eso tuve que ir estudiando. Fui a hacer un curso a Buenos Aires, el obispo después me hace una delegación, porque el primer exorcista es el obispo por el ministerio episcopal, pero después el obispo delega en quien que él crea que corresponde o le guste. Esto no es que cualquiera pueda o quiera hacerlo.
En Misiones, como tenemos la influencia guaranítica, brasileña, tenemos mucho la influencia de un pseudoespiritualismo, que es el payé, el trabajo, hay varias denominaciones o deidades que por ahí se practican como pseudorreligión. Mucha gente por ahí se confunde y hace un sincretismo de cosas que después trae su consecuencia, su quebranto espiritual.
¿En qué consiste esa preparación para ser exorcista?
El curso era hablar sobre lo que es el exorcista, para ir hay que tener autorización del obispo y llevar una autorización. En ese trabajo que hicimos no podíamos tener teléfono, es muy oculto porque es justamente trabajar en el anonimato.
El exorcismo es un ministerio que siempre tuvo la iglesia, desde siempre, Jesús hizo exorcismos por excelencia. Es un ministerio para ayudar a liberar el alma. Generalmente es más liberación, que no es un exorcismo, simplemente una liberación sobre un trauma o una opresión de la oscuridad en el alma de la persona.
Exorcismo hay muy poco porque para que haya una cuestión diabólica, generalmente, para mí, la persona tiene que hacer un pacto con el demonio. Si bien puede haber una influencia de afuera, pero si la persona está fuerte, puede rechazarlo. Puede infectarlos, sí.
Por ahí aparecen posesiones a personas que no hicieron nada con respecto al mal o no hicieron un pacto con el demonio, pero están poseídas por un trabajo o porque espiritualmente estaban medio bajoneados y le agarraron por ahí.
Es complejo determinar, por eso el exorcista trabaja en conjunto o trata de trabajar, con psicólogo, con psiquiatra para también ver esta parte. En algunas diócesis grandes en el mundo ya tienen un equipo psicólogo, psiquiatra, exorcista y después un grupo de laicos que son intercesores, que están rezando todo el tiempo en su debido momento para interceder.
Cuando se manifiesta, ¿cómo es?
Como ves en las películas, algunos gritos. Tuve experiencia de personas que vos le mirabas así de primera y parecía que tenía el demonio más o menos por como gritaba, pero después de un tiempo me viene a ver y resulta que tenía un súper estrés. No hay que confundir todo. Podemos decir que frente a esto, al estrés o a la depresión puede aparecer el mal espíritu y aprovechar esa situación y no poseer, pero sí perturbar. Por eso hay que hacer el discernimiento bien claro, no todo es posesión, no todo es diabólico, puede haber contaminación, infestación, obsesión. La gente cree que por una persona se manifiesta de cierta manera extraordinaria que no es normal ya está poseído y no es tan así. Hay otras cuestiones de fondo.
¿Posesiones propiamente dichas, recuerda?
En su época tuvimos con otros exorcistas, éramos cuatro, y trabajamos sobre algunos exorcismos que nos delegó el obispo, trabajamos con el ritual de exorcismo.
¿Nos quiere contar un poco sobre eso si se puede?
Uno de los tantos fue acá (en la parroquia Inmaculada), no era cura acá todavía, era de otro lado y vine para ayudar. Generalmente esas expresiones son bastante dolorosas porque la persona sufre mucho en su cuerpo, lastima mucho su cuerpo por expresiones, por golpes, por saltos, por lo que sea, se manifiesta.
Generalmente el mal cuando toma y se manifiesta en el alma de la persona, se manifiesta para quebrantar a otros también. Siempre quiere dialogar el demonio con el exorcista, pero no se dialoga con el demonio, se le ordena en nombre de Cristo que haga lo que tenga que hacer y en el nombre de Cristo, liberarlo, que se vaya.
No se puede dialogar porque te lleva a confundir, si empezás a dialogar te confunde. De hecho hay exorcismos que te llevan etapas, no es que en un sólo momento, en una sola sesión de oración y demás ya está. Es largo el camino.
Esto de la distorsión de la voz, del hablar en lenguas, ¿eso sucede?
Sí, se llama voz de ultratumba. Se dobla el cuerpo, se tira en el piso, gritos de dolor, gritos de odio, insultos, escupitajos, a veces te quieren golpear… tenés de todo.
Son manifestaciones que tenés que saber manejarlas y lo primero que hay que hacer es no asustarse. Creer en la persona de Dios, en la presencia de Dios, en la oración de la Iglesia, que a través de su ministro pueda ayudar el alma de esta persona.
¿Y como se fortalece una persona que hace eso? En este caso, usted.
A través de los sacramentos, el sacerdote exorcista como cualquiera de los sacerdotes, con la oración diaria, la misa, los sacramentos, la confesión, estar en gracia, pedir a Dios esa gracia, tener la humildad de reconocer su pobreza y su miseria, porque en el fondo no sos vos, sino es la gracia de Dios que obra a través del ministerio que cargamos, no la persona.
Vuelvo a decir, algunos exorcistas dicen que no, pero mi humilde opinión, que no soy nadie, cualquier cura puede hacer un exorcismo cuando tenga la capacidad de hacerlo, simplemente si tiene el carisma lo puede hacer, porque el ministerio lo avala. No todos pueden, eso también es una realidad.
No es que lo esté matando ya, pero ¿cómo le gustaría que se lo recuerde?
Qué pregunta. El papa Francisco decía cuando hablaba de su muerte: “Que me recuerden como un tipo piola”. Uno se muere y no sé si te recuerdan mucho, unos días y después ya se olvidan.
Dar todo en esta vida con tus errores, con tus aciertos, errores tengo miles, y tratar de hacer lo mejor que puedas por los demás, entender que Dios vale la pena y en aquellos que están desahuciados, animarlos, empujarlos, llamarlos a la esperanza, para que verdaderamente podamos levantar un poco la mirada y tener esperanza porque el hombre es su propia destrucción.
No importa si te recuerdan o no, lo importante es que si vos fuiste puente, yo siempre en mi oración pido ser puente. En el fondo el puente tiene sentido si al final está a quien vos predicás, que es Cristo.
Yo quiero ser puente, que todos se encuentren con Cristo y después que se olviden del puente, porque ya te encontraste con Cristo. Y esa es un poco la misión, que sea Cristo el centro de nuestra vida, de nuestra celebración, de nuestro encuentro y reflexión para la vida. Los instrumentos estamos, sí, servimos, pero no somos muy importantes. Una vez que se logró el cometido, el instrumento se puede correr tranquilamente.
El día que yo me muera, lo único que pido es que no me vayan a molestar a la tumba (lo dice seriamente, pero se ríe).
Usted es popular por sus misas de salvación. ¿Cómo es acompañar a los fieles en ese proceso? ¿Le ha tocado ver pequeños milagros?
Hay muchos milagros que yo no dejo que cuenten por razones obvias. Lo que a mí no me hace bien es que digan que yo soy un cura sanador, el que sana es Cristo. Soy un instrumento, uno simplemente se predispone a eso y hay un carisma, un don que uno recibe y que uno da gratuitamente. En la misa de enfermos uno ve el dolor, la angustia, las dificultades.
No todos los sacerdotes están de acuerdo con esta misa porque creen que es muy masivo y que en el fondo es despertar nomás un sentimiento, pero si se trabaja esto se puede ayudar a la persona a profundizar, a vivir la fe, a sentir a Dios y después comprometerse en la comunidad para que sean testimonio o por lo menos que vivan la fe.
En las misas siempre hay mucha gente y la gente va con sus dolores oncológicos, existenciales, amorosos, del sentido de la vida, tenés de todo. Uno va sintiendo varias cosas, pero generalmente lo que más trabajo es la parte emocional y la parte psicológica. Primero hay que sanar lo interior, porque sanar el cuerpo y estás enfermo de lo espiritual, no es lo mismo. Malo mío.
¿Usted siente al momento de imponer las manos el dolor de la persona?
Trabajo mucho con las manos y siento el dolor. Ahora se va dando una modalidad en la dinámica de este trabajo y es que mucha gente necesita el abrazo, que es sanador. Algunos abrazan, me aprietan y lloran amargamente un dolor profundo que sale todo para fuera.
Ese es Dios que obra, sana y esas heridas guardadas allá en el fondo salen para fuera, pero con la mirada de Dios para sanar definitivamente esa alma.
No sé cuántos años ya tengo haciendo misa enfermos, pero cuando empecé de a poco, después empecé con el Santísimo, después de un tiempo recién aprendí a imponer las manos, no me largué así de golpe. Después fui aprendiendo a sentir esto, no hay un manual, uno va sintiendo en la medida que va exponiendo el carisma. No es que yo sabía todo, hasta ahora voy aprendiendo igual.
Estas misas son a veces multitudinarias y cansa porque la gente quiere que vos le toques, que vos le impongas las manos. Por supuesto que vos recibís toda la energía negativa de la persona que en esos momentos se libera y somos dos cuerpos y hay una recepción.
Carlos tiene la agenda ocupada a diario entre la docencia, atender a fieles en su despacho y las misas. Toda una vida de servicio al prójimo.
Perfil
Carlos Viera
Sacerdote
Carlos Viera es sacerdote y párroco de la iglesia Imaculada Concepción. Además es teólogo y estudió filosofía. Actualmente también es profesor de teología del Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya. Es popular por sus misas de sanación y por ser un cura exorcista.
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