Iguazú (LaVozDeCataratas) Doña Chiquita nació en Guaíra, Brasil, y su historia —relatada con la lucidez de quien lo ha visto todo— es también la de la frontera. Recuerda a su padre, don Francisco, trabajando en Puerto Bemberg con la yerba mate, y a su madre, Benjamina, nacida en Santa Ana, Misiones.
Un dato que Doña Chiquita siempre recordó con claridad es que al momento de su nacimiento su madre estaba sola. Fue Benjamina quien, sin acompañamiento del padre, le puso su propio apellido, marcando desde el inicio una vida atravesada por decisiones fuertes y contextos difíciles, muy propios de la época y de la realidad social de frontera. Ese gesto materno fue el primer ancla de identidad de una mujer que, con el tiempo, construiría una historia inmensa en Iguazú.
De niña fue llevada a Posadas y criada por su abuela hasta los siete años; luego, su madre la recuperó legalmente y la llevó a un lugar alejado en Brasil, donde creció sin volver a la escuela. “No sé leer porque no fui más a la escuela”, dice con la honestidad de otra época.
Con los años regresó a la región: pasó por Foz do Iguaçu, luego Puerto Libertad, y allí se hizo señorita. A los 16 años formó pareja y tuvo una hija; más tarde, dos hijos más. Trabajó rompiendo yerba para sostener a su familia —tarefeando, gajo por gajo— y recuerda que de lo que cobraba, su madre le daba la mitad: “en esos años era plata”. Sus hijos nacieron en casa, con partera diplomada, Doña Vitalina Yegros.

La vida volvió a cambiar cuando conoció a Antonio Larramendi. Tenían 19 años cuando se enamoraron, entre tareas de yerba y miradas insistentes. Juntos formaron una familia numerosa y trabajadora: 11 hijos, 35 nietos, 66 bisnietos y 12 tataranietos. “Al final siempre tarefeamos”, resume, con esa frase simple que encierra décadas de esfuerzo.
Cuando indemnizaron a su marido, él le preguntó dónde quería vivir. “A Iguazú”, respondió. Entonces, la ciudad era apenas unas casas en el centro. Ellos se fueron al monte, y vieron crecer Iguazú. Doña Chiquita fue mucama y fue testigo de cómo se levantaron los primeros edificios. En una entrevista con la Dirección de Patrimonio, recordó que algunos de sus hijos nacieron con la doctora Marta Schwarz, a quien describía como “una polaca linda que había llegado a Iguazú”.
Hoy, con 102 años, Doña Chiquita es como un cedro: fuerte, erguida, profundamente arraigada a esta tierra. Más allá de su historia —que es también la de Iguazú—, emociona la felicidad de su familia al tenerla. Un abrazo vivo entre generaciones, memoria y futuro.
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