La frontera de la vergüenza
Cada vez que llega un fin de semana largo en Brasil y observo las interminables filas sobre el puente internacional, no puedo evitar sentir vergüenza. Vergüenza por la manera en que tratamos a quienes vienen a nuestra ciudad con ganas de consumir, de disfrutar nuestra gastronomía, de recorrer Puerto Iguazú y de aportar recursos a nuestra economía.
Hace más de 45 años que vivo en esta ciudad. Cuando llegué, Puerto Iguazú tenía apenas seis mil habitantes y para cruzar a Brasil lo hacíamos en balsa. Después llegó el puente y todos creímos que la integración sería más fácil, más moderna y más inteligente. Sin embargo, décadas después, seguimos atrapados en un sistema de controles que muchas veces termina siendo una verdadera vejación para quienes intentan cruzar.
No estamos hablando de un problema nuevo. Lo conocemos desde hace años. Y aunque muchas veces se dice que los gobiernos nunca hicieron nada para resolver esta situación, la verdad es que hubo al menos dos acciones concretas que vale la pena recordar. La primera fue durante la gestión del entonces gobernador Maurice Closs, cuando se construyeron las casillas de egreso en el Centro de Frontera, una obra que en su momento permitió agilizar parcialmente el tránsito. La segunda ocurrió durante la pandemia, cuando el intendente Claudio Raúl Filippa, con camiones y maquinaria pesada, bloqueó físicamente el paso fronterizo para impedir el ingreso y egreso de personas. Aquella decisión demostró que, cuando existe voluntad política, sí se pueden tomar medidas concretas en la frontera, pese a que durante años se sostuvo que el municipio no tenía ninguna capacidad de intervención.
Lo llamativo es el silencio actual. ¿Dónde están los reclamos? ¿Dónde están los sectores que deberían estar exigiendo soluciones permanentes? Porque mientras los vehículos permanecen detenidos durante horas, Puerto Iguazú pierde millones de pesos en oportunidades comerciales que terminan yéndose a otro lado.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿para qué sirve el Mercosur? Hace más de tres décadas que escuchamos hablar de integración regional, de libre circulación y de fronteras amigables. Pero en la práctica seguimos encontrándonos con barreras burocráticas que desalientan el turismo y el comercio.
Y también cabe preguntarse algo más. Este gobierno nacional se define como libertario, defensor de la libertad económica y de la libre circulación. Sin embargo, en materia fronteriza, esa libertad parece quedarse detenida en la fila del puente internacional.
Puerto Iguazú necesita menos discursos y más decisiones. Porque una ciudad que vive del turismo y del comercio no puede seguir teniendo como carta de presentación una cola interminable de vehículos esperando para cruzar una frontera. Las soluciones existen, los antecedentes también. Lo que falta es la decisión política de sentarse en una mesa, coordinar entre organismos y entender que cada minuto perdido en el puente es una oportunidad que se escapa para la economía local.





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