Mi abuela tenía miedo de dejar las cortinas de su departamento descorridas por si alguien, desde algún edificio vecino, espiaba lo que había dentro y armaba un grupo comando para robarle. Pero no tuvo miedo de subirse a un camello en el desierto del Sahara ni a un elefante en Nepal o hacer fotos de los monos que se movían entre la niebla de las calles de Katmandú. Lo que más amaba en la vida era viajar y sacar fotos y el día que enviudó, a los 45 años, Ana Eloísa se dedicó a viajar. Sola, con amigas o en grupo con desconocidos, lo único que quería era viajar. Audaz, miedosa y temeraria, fue un ejemplo de contradicción, o de humanidad: temía estar en su casa y era la dueña del mundo.
Se dedicó a la docencia, fue maestra de grado y llegó a tener uno de los cargos más importantes: ser supervisora de un distrito. Así que no descorría cortinas, pero el día que se inundó uno de los barrios donde había una escuela a su cargo, se metió con el agua hasta la cintura y los que estaban con ella no tuvieron más remedio que seguirla. No sabía cocinar y la tenía sin cuidado, le encantaba almorzar en La Terracita, un restaurante en la Avenida Luis María Campos que hacía el mejor bife de chorizo.
Hay una fotografía de ella en kimono, en algún estudio de Japón, junto a una de sus mejores amigas. Las dos enfundadas en esa tela azul suave, con dibujos que suben y bajan, miran a cámara como diciendo A mí no me vengan con pavadas. Era el año 82, no existía internet ni teléfonos celulares, viajar era lo más parecido a una aventura real. Un día se iba y recién la veíamos de nuevo cuando tomaba el avión de regreso, durante su estadía no había fotos ni mensajes de whatsapp.
Nos vamos a la aventura, muchacha loca, era su frase. Recuerdo un viaje juntas a Barcelona. Ella hacía algo que en mi temprana adolescencia resultaba aburridísimo y que ahora promulgo como una obligación para cualquier viajera o viajero: detenerse a tomar un café en el medio de un paseo. ¿Tomamos un cafecito?, decía. Tenía tips como llevar siempre gotitas de 6-Copin y pastillas de carbón, un calentador con un jarrito para hacer té en la habitación del hotel y la cámara de fotos cargada con película color o diapositiva. Una serie que sacó en Japón muestra un templo a la hora del atardecer, un arbolito deshojado, un hombre saludándola desde su Jinrikisha, carro de dos ruedas tirado por una persona a pie.
Cuando regresaba al departamento porteño hacía una reunión familiar con masitas secas y té. Nos invitaba a pasar a una habitación pequeña y a oscuras, encendía el proyector de diapositivas. La maestra de escuela, la que enviudó y salió a conocer el mundo, fue la primera cronista que conocí. Desde aquella habitación en un barrio de Buenos Aires, relataba su viaje con tal pasión que nos daban ganas de ir a ver todo lo que ella había visto. Porque eso es lo que hacen las aventureras sin duda, tener su propia aventura y volver para contarlo.
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Guadalupe Faraj
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