El proceso de integración europeo iniciado a principios de la década del ´50 del pasado siglo XX fue el resultado de la más acuciante necesidad: del imperioso desafío de no volver a repetir los errores de un pasado reciente que había destruido a la mayor parte del continente, arrasado su sistema productivo y diezmado su población.
Fue pues, fruto de la visión a largo plazo de un grupo de intelectuales y verdaderos líderes políticos que comprendieron finalmente que la paz no sería sostenible en el tiempo sin instituciones innovadoras capaces de poder enfrentar la incertidumbre -pero a la vez, la enorme esperanza- propia de una época de postguerra que había que aprovechar.
Fue así como Jean Monnet y Robert Schuman lograron resumir con una claridad admirable lo que Europa necesitaba: instrumentos institucionales absolutamente innovadores que estuvieran a la altura de los peligros que seguían acechando la paz del continente.
Y tanto lo fueron, que desde la firma del Tratado de París de 1951 -mediante el cual se instituyó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la primera organización supranacional creada con aquellos fines- y hasta la actualidad, el proceso de construcción europeo avanzó en forma constante y permanente, pasando progresivamente de una unión aduanera a un mercado interior, y de allí a la actual unión económica y monetaria, que ha instaurado al euro como la segunda moneda de reserva y negociación a nivel global. Pero por sobre todo, manteniendo la paz entre los Estados que adhirieron al proyecto.
Sin embargo, este exitoso proceso de integración supranacional escapó siempre de avanzar con profundidad en los dos temas quizás más sensibles a la soberanía de sus hoy 27 Estados miembros: la Política Exterior y la de Seguridad. Y en particular en esta última, en la que el paraguas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de 1949, garantizaba la suficiente protección exterior bajo el predominio efectivo de los Estados Unidos.
Así, a lo largo de estos más de 70 años, mientras se profundizaba la integración en los más diversos ámbitos a escala comunitaria, ciertas decisiones estratégicas -más propias quizás de una confederación que de un mero “proceso de integración regional”- se pospusieron hasta que algunos sucesos cercanos -como el Brexit, el Covid y las políticas anunciadas por el presidente Donald Trump en relación a temas arancelarios, pero muy especialmente a cuestiones vinculadas a la Defensa europea- obligaron a Europa a acelerar un proceso de maduración política hasta hace pocos años impensado.
Y aquí es donde la necesidad de los años ´50 pareciera por primera vez resurgir en siete décadas, dado que le urge a la hoy Europa unida y ya adulta, encontrar por sí misma mecanismos político-institucionales propios y supranacionales que estén a la altura de los peligros que vuelven a amenazar hoy su paz y estabilidad.
En esa línea, resultó sumamente significativo -y ciertamente positivo- que la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, recibiera a Volodymyr Zelensky y reafirmara su apoyo a Ucrania inmediatamente después de los lamentables sucesos del Salón Oval de 28 de febrero -más allá de su afinidad ideológica con Donald Trump-, o que el primer ministro británico -independientemente de no formar parte su país ya de la UE- se mostrara a la vanguardia de la necesidad de una Defensa europea -más allá de la histórica alianza transatlántica entre Washington y Londres-.
La reunión de emergencia del 6 de marzo del Consejo Europeo, así como las conclusiones del ordinario de primavera de 20 de marzo, han reafirmado taxativamente el apoyo “permanente e inquebrantable” de la Unión a la independencia, a la soberanía y a la integridad territorial de Ucrania dentro de sus fronteras reconocidas internacionalmente, manteniendo el enfoque de una “paz mediante la fuerza”, conforme a la cual Ucrania ha de hallarse en la posición más fuerte posible. En esa línea, la Unión Europea sigue resuelta a prestar un mayor apoyo general a Ucrania y a su pueblo, en un momento en que ejercen su derecho inmanente de legítima defensa contra la guerra de agresión de Rusia.
Así también, ante lo que pareciera ser el intento de Donald Trump por desmantelar el orden internacional de posguerra -diseñado en gran parte por los propios Estados Unidos desde la Administración Truman- Europa ha comenzado a desempolvar proyectos de integración más ambiciosos, llevando por ejemplo a la Comisión Europea a trabajar en la creación de un auténtico mercado único de productos y servicios de la Defensa -que permita reducir la fragmentación de esta industria que ha cuadruplicado su producción en los últimos 3 años- así como a disponer de hasta 800 mil millones de euros para el rearme comunitario con el objetivo de alzarse como una potencia con real capacidad de disuasión de aquí a 2030.
Hoy, la necesidad de dotar a la Unión de una verdadera estructura comunitaria en Defensa -y por ende en Política Exterior- se hace más evidente que nunca, dado que ya no basta con la simple coordinación de acciones. La cesión de importantes parcelas de soberanía en estos ámbitos, permitiría a Europa actuar como un bloque unificado, con respuestas rápidas y coherentes acordes a su peso económico y geopolítico.
La incertidumbre en relación a lo que pudieran llegar a plantear los Estados Unidos en la próxima cumbre de la OTAN de 23 y 24 de junio en La Haya -sea en cuanto exigencias a sus socios europeos como en cuanto su perfil, grado de participación o hasta continuidad en la Alianza- obliga a Europa a repensarse de modo urgente.
Y así, de consolidarse este proceso, Trump ya no trataría exclusivamente con Putin o Xi Jinping en su esquema decimonónico de poder, si no que debería reconocer y negociar con una Europa que, por fin, se asumiera como la potencia que realmente es.
Patricio Degiorgis es Director de la Cátedra Unión Europea-UCES. Presidente Fundación Altiero Spinelli
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