Horas antes de recibir la baja del Servicio Militar Obligatorio, la ensordecedora orden que dio un dictador desde la Casa de Gobierno lo obligó a desembarcar en Malvinas con la Infantería Marina para tomar las Islas. Sergio Pantano hizo las Inferiores en Talleres de Remedios de Escalada hasta 1981, momento en el que su carrera se vio interrumpida por la colimba y, posteriormente, por el conflicto bélico. Ya en combate, coqueteó con la muerte durante 74 días e, incluso, pasó su cumpleaños siendo prisionero de los ingleses. Sin embargo, al regresar, su vida se transformó por completo: debutó, metió un gol en una final y ascendió a su equipo de la Primera C a la B mientras luchaba contra su cabeza. «Cuando volvés vivís otra guerra«, aseguró en diálogo con Olé.
-¿Cómo y cuándo te enteraste que te tocaba ir a las Islas?
-Hice el Servicio Militar en Tierra del Fuego. Yo tenía la baja asignada para fines de marzo de 1982. Ya estaba vestido de civil, esperando un avión que me llevara de vuelta a Buenos Aires. Me desperté a la mañana y había un despelote en el batallón. Ahí me enteré que Argentina tomó Malvinas. Muchos habíamos terminado la colimba y éramos experimentados, entonces el comandante nos reunió y nos dijo que la patria nos necesitaba. Para entonces había ido dos veces al banco con la Primera de Talleres, pero no había debutado.
-¿Cuál fue la situación más límite que te tocó vivir en Malvinas?
-Yo era parte de la Infantería Marina. Estuve al borde de la muerte todos los días, pero convivís con eso. El 1° de mayo, con el primer bombardeo, estábamos en la trinchera y nos abrazamos entre todos, nos pusimos el casco e hicimos cuerpo a tierra temblando. El ruido que hacen las bombas y los agujeros que dejan son tremendos. Uno de mis compañeros murió, lo partió una aérea. A otros los he visto comer cabezas de cordero podridas. No tenés para comer y no sabés cuándo lo vas a poder hacer.
-Pasaste tu cumpleaños encerrado en las Islas…
-La Guerra terminó el 14 de junio, pero antes de devolvernos pasamos varios días en un galpón de Puerto Argentino. Yo cumplí los años el 19, a oscuras, encerrado con otros 200 compañeros. Uno de los pibes se dio cuenta, sacó una cajita de fósforos y me cantaron. Cuento esto y me emociono. Ya no nos importaba nada. No festejábamos la vida porque estábamos en un momento límite. Queríamos que terminara todo.
Sergio Pantano (el tercero de izquierda a derecha) con otros soldados en las Islas Malvinas. FOTO: Gentileza Sergio Pantano.
-¿Qué te pasó cuando volviste?
-Estuve dos meses con la cabeza en cualquier lado, a la deriva. No podía estar en mi casa. Me metía en la cama y no podía dormir porque me había acostumbrado a estar en las piedras. Tenía mucha violencia encima. Me agarraba a piñas en la calle, no me importaba nada. Mis amigos me venían a buscar para ir a bailar y yo no podía estar con la gente. Me costaba caminar porque me faltaba mi arma para defenderme. No había peligro, pero me quedó esa sensación de desprotección total. Los cambios mentales son muy bruscos: primero te dicen que te cagues a tiros con los ingleses y a los dos meses te mandan a tu casa como si nada. Pasar de la guerra a la paz es un cachetazo. La cabeza no está preparada para estar en combate.
-¿Cómo lograste retomar tu carrera futbolística después del horror que habías vivido?
-Me costó mucho retomar. No sabía qué quería porque tenía la cabeza estropeada. Un día mi viejo me pidió que vaya a laburar o hiciera algo, entonces me presenté en el club por la mañana porque sabía que entrenaba la Primera. Me agarró un dirigente y me invitó a sumarme al otro día. Volví fuera de contexto, con todo un rollo, pero gracias al fútbol hoy estoy acá. Me dieron contención cuando para muchos éramos ‘los loquitos de la guerra’. Yo estaba a la deriva: no podía entender cómo había compañeros míos que se habían muerto. Digerirlo fue muy difícil. Cuando volvés luchas contra tu cabeza y los fantasmas absolutamente solo, vivís otra guerra.
Sergio Pantano (el quinto de izquierda a derecha en la fila de abajo) con sus compañeros de Talleres. FOTO: Gentileza Sergio Pantano.
-¿Creés que tu carrera hubiese sido diferente sin la Guerra de Malvinas?
-Totalmente. Antes volaba, física y mentalmente. Hubiese llegado a la Primera División. Yo no fumaba, me cuidaba. Mi cabeza era otra. Yo era delantero, zurdo. Debuté en 1983 contra Merlo, cuando tenía 21. Jugué nueve años y siempre en el Ascenso. Me retiré en 1991.
-A meses de pegar la vuelta hiciste el gol que ascendió a Talleres de la Primera C a la Primera B…
-Le marqué a Excursionistas en la final y subimos. A mí la vida me sorprendió. Yo nunca pensé que iba a retomar. Cuando estabas allá (en Malvinas) no pensabas en nada, querías que terminara todo. Cuando volvés no sabés para dónde arrancar. Me salvó entrenar y debutar. El fútbol me contuvo.
-¿Qué se te pasó por la cabeza cuando viste el gol de Diego a los ingleses?
-Yo en lo personal lo tomé como una venganza sin serlo. Casi me muero en la casa de un amigo. Apenas hizo el gol salí corriendo y troté tres cuadras a los gritos. Me volví loco. Era una revancha.
-¿Cómo siguió tu vida después del retiro profesional?
-No me costó mucho dejar el fútbol, pero al principio sentía que me faltaba algo. Después me compré un taxi porque en esa época no había muchas opciones. Hace tres años me mudé a Entre Ríos. Acá estamos más tranquilos.