Hay una frase que se ha puesto de moda en las redes sociales, de la que ya he hablado en este espacio y a la que me gustaría volver: “Fulano es todo lo que está bien”. Fulano, por lo general, es un famoso del que sólo conocemos sus intervenciones públicas, y como ellas coinciden con nuestros gustos / pareceres / elecciones / simpatías, lo elevamos a un estado máximo de virtud y le otorgamos la misma infalibilidad que el Vaticano le confiere al Papa.
Como en el siglo XXI la metáfora ha muerto y todo se volvió literal, es lícito pensar que, si tuiteamos esta frase sobre Lali Espósito, por citar un ejemplo, es porque creemos de verdad en su superioridad moral y en lo impoluto de su comportamiento en cualquier ámbito y cualquier circunstancia. (Apunte al margen: pobre Lali, cargar con semejante responsabilidad).
Si durante mucho tiempo buscamos secularizar la vida social (es decir, disminuir el peso de la moral y las reglas de la Iglesia en lo cotidiano), hoy estamos haciendo lo opuesto, pero reemplazando el viejo credo por una nueva galería de santos consagrados en X.
Lali Espósito es «todo lo que está mal» para el presidente Milei.
Como el pensamiento religioso funciona en base a un sistema binario, también armamos la contraparte: una galería de demonios que son “todo lo que está mal”. Pero, ojo, que habrá gente que pensará exactamente lo contrario que nosotros pero con la misma lógica, con lo cual nuestros santos serán sus demonios y sus demonios, nuestros santos.
(Apunte al margen 2: pobre Lali. Como es «todo lo que está bien» para unos, es «todo lo que está mal» para otros, empezando por el presidente y su grey tuitera).
Tan caprichoso e insensato es este mecanismo que no zafan ni los muchachos de la Scaloneta. No importa que jueguen cada vez mejor, que sean unos profesionales de primera, que le hagan cuatro goles a Brasil con baile, que desplieguen el mejor fútbol que hemos visto en años. Lo que importa es que no se expresan políticamente. Alguien ha dicho (y fue viral): si voy a ponerme la camiseta de la Selección Argentina con un apellido estampado en la espalda, quiero saber qué piensa el tipo. Mejor dicho: quiero saber si el tipo piensa como yo. O de una manera más finita: quiero saber si vota como yo.
Al fin, estamos hablando de la grieta. Sólo valoramos, aplaudimos, consideramos, a la persona que vota como nosotros. Buscamos desesperadamente el tuit del famoso que ratifique que estamos en el lugar correcto de la vida, lo que por carácter transitivo nos convierte también en infalibles.
Un consejo, querides: salgamos de ahí, es aburridísimo. Pero cuidado que también es peligroso, porque nos achata la capacidad de discernimiento, nos vuelve intolerantes, nos quita la posibilidad de poner en cuestión nuestras ideas y salir del prejuicio. Pensar así nos reduce la mirada. Después no nos quejemos si hay cosas que no vemos venir, sean de un lado o de otro.
Sobre la firma
Horacio Convertini
Secretario de Redacción. Editor Jefe de la revista Viva. [email protected]
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