Iguazú (LaVozDeCataratas-KellyFerreyra) El sábado a la noche salí a cenar. Nada extraordinario. Una mesa, una charla, la vida nocturna de Iguazú latiendo como siempre.
Y como pasa no solo los fines de semana, otra vez estaban ahí los chicos.
Niños pequeños caminando el centro, ofreciendo piedritas. Te piden una moneda y, si no las querés, te las regalan igual. Como si el objeto no importara, como si lo único que valiera fuera el intento de ser vistos.
Para nosotros, los iguazuenses, ya son caras conocidas. Muchos comerciantes los saludan, algunos les dan algo de comer. Forman parte de la noche, aunque sepamos que no deberían estar ahí. Aunque se haya intentado sacarlos de la calle mil veces. La mayoría llega desde Wanda.
Siempre hablamos de los chicos de la calle. Pero casi nunca hablamos con ellos. Nunca les preguntamos qué sienten, qué sueñan, qué les duele.
A él lo voy a llamar Mario: Tiene 8 años. Un hermanito de 3 que corretea sin entender nada. Y un hermano mayor que ya no está con ellos.
Mario llega casi todos los días desde Wanda en horas de la siesta y deambula hasta altas horas de la noche por el centro.
—Hola señora, ¿querés una piedrita? ¿Tenés algo para darme para mi pasaje?
Así empezó la charla.
—¿Cuántos años tenés?
—Tengo 8.
—¿Vas a la escuela?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no tengo partida de nacimiento.
—¿Pero nunca fuiste?
—No.
Y sin dramatizar, sin llorar, me dijo lo que me partió el alma:
—Yo ya quiero ir a la escuela… estoy cansado de andar por la calle vendiendo. Quiero ir a jugar con los chicos, aprender a leer…
—¿No sabés leer?
—No.
No sabe leer.
Pero entiende demasiado.
Habla con una claridad que asusta para su edad.
—¿Y tu mamá?
—Mi mamá no me quiere llevar a la escuela.
Pregunté por su papá.
—Anda por ahí, drogándose.
—¿Y tu mamá qué hace?
—Nada… tiene dos novios.
Silencio.
Ese silencio que pesa más que cualquier respuesta.
Después, casi como quien cuenta algo normal, me dijo:
—Éramos cuatro, pero el bebé se murió… y yo lloré mucho.
El último colectivo a Wanda salía a las 12:30. Mario esperaba juntar 5.000 pesos para poder volver.
Mientras tanto, nos sacamos fotos, nos reímos, hablamos. Nos abrazamos. Porque Mario se acerca así: buscando afecto, buscando escucha, buscando un lugar donde ser niño aunque sea por un rato.
Ese niño tenía algo especial. Un ángel…Ojos brillosos. Una ternura que no debería estar sobreviviendo a la calle.
Y ahí entendí algo: tal vez no esperan que les demos una moneda. Tal vez esperan que alguien los mire de verdad.
Que les pregunte qué sienten. Que no los empuje siempre al costado de la historia.
Porque detrás de cada chico en la calle hay una historia que nadie está escuchando.





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