Iguazú (LaVozDeCataratas) Hace algunas semanas, el cuerpo activo intervino en un rescate complejo en este sector natural de la ciudad. Una turista había sufrido una caída grave y debió ser asistida y evacuada en condiciones delicadas. El operativo exigió técnica, fuerza, coordinación… y algo más difícil de medir: humanidad.
Días después, cuando el ritmo ya había vuelto a acelerarse con nuevas emergencias, llegó un mensaje. No era un reclamo, ni una consulta. Era un agradecimiento. Y no uno cualquiera.
“Hola, me llamo Victoria Centurión. Ustedes me rescataron el día lunes en el Salto Mbocai.
Me salvaron la vida. Tengo una fractura de escápula, tres costillas fracturadas y llegué al hospital con neumotórax, ya que una de las costillas perforó el pulmón.
Les agradezco infinitamente el esfuerzo que hicieron para salvarme, pero quiero destacar especialmente a la bombera mujer que me acompañó durante todo el trayecto, me dio contención, me habló, me sostuvo emocionalmente y me ayudó a seguir respirando en uno de los momentos más difíciles de mi vida.
Gracias, les debo la vida. Mis hijos les deben tener a su mamá.”
El mensaje no solo puso palabras a un momento límite, sino que iluminó un rol muchas veces silencioso: el de las mujeres bomberas. No solo presentes en rescates complejos, maniobras técnicas o situaciones extremas, sino también en ese espacio invisible donde la calma, la voz, la empatía y la fortaleza emocional sostienen tanto como una cuerda o una camilla.
En un contexto donde las emergencias se acumulan y la rutina exige seguir adelante sin mirar atrás, este agradecimiento recuerda algo esencial: cada intervención deja huella, y a veces, alguien vuelve para decirlo.
Porque salvar una vida no siempre termina cuando suena la sirena. A veces, empieza ahí.




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