Hay momentos en la historia en los que el verdadero escándalo no incluye solamente al crimen, sino además a la cobardía para nombrarlo y denunciarlo. Épocas en las que no faltan palabras, sino coraje; en las que el lenguaje se vuelve cauteloso, tibio, estratégicamente ambiguo, no por prudencia sino por miedo. Miedo a contrariar al dogma de turno, a incomodar a la tribu correcta, a quedar fuera del circuito de legitimaciones simbólicas. En esos climas, el silencio se disfraza de sensatez, la neutralidad pasa por inteligencia y la equidistancia se considera virtud. Pero no lo son: son formas educadas —y socialmente aceptables— de la rendición intelectual.
La reciente entrevista a Ariana Harwicz publicada en nuestra edición del sábado 17 de enero tiene el mérito, poco frecuente, de romper ese pacto tácito de silencios selectivos. No porque proponga una doctrina alternativa ni porque reclame una nueva ortodoxia, sino porque recuerda algo elemental y hoy casi subversivo: que el pensamiento crítico no admite aduanas ideológicas. Que la libertad no es de izquierda ni de derecha. Que el abuso, cuando existe, no se vuelve aceptable por el color del estandarte que lo justifica.
Desde hace años asistimos a un fenómeno inquietante: la indulgencia moral frente a regímenes, movimientos o prácticas que violan libertades básicas —expresión, circulación, disidencia, propiedad, vida— siempre que esas violaciones se presenten envueltas en un discurso considerado “emancipador”, “progresista” o “correcto”. El mismo acto que sería denunciado como intolerable si proviniera de una ideología adversa, se relativiza, se explica o directamente se ignora cuando emana del bando adecuado. Por eso, un expresidente argentino de triste memoria aseguraba que revestirse con el disfraz de la izquierda garantizaba impunidad.
Lo que ocurre no es una cuestión de etiquetas políticas. Es algo más profundo y más peligroso: la manipulación del lenguaje moral. Así ocurrió con la distorsión del concepto de derechos humanos, convertidos en un repertorio selectivo que se invoca con estridencia en ciertos contextos y se archiva en otros, según convenga al relato. Entonces, los derechos dejan de ser universales para transformarse en instrumentos tácticos. Y cuando eso ocurre, dejan de ser derechos: pasan a ser consignas.
El papel de los intelectuales en este proceso merece una reflexión incómoda. Históricamente llamados a incomodar al poder, demasiadas veces parecen, hoy en día, dedicados a custodiarlo –siempre que ese poder se proclame virtuoso-. La crítica se vuelve asimétrica; la indignación, condicional y la lucidez, negociable. No se trata de censura explícita, sino de algo más eficaz: la autocensura elegante, el cálculo reputacional, el miedo a ser expulsado del coro.
Harwicz no propone unanimidades. Propone algo más difícil: honestidad. La honestidad de admitir que el amor por la libertad exige incomodar, perder aplausos, asumir costos. Que no hay causa noble que excuse el aplastamiento del individuo. Que ninguna utopía justifica el silenciamiento del que disiente, el exilio forzado, la cárcel por pensar distinto o la miseria administrada en nombre del pueblo.
Gobernar -y pensar- no es repetir eslóganes moralmente reconfortantes. Es mejorar efectivamente la vida de las personas: su acceso a bienes materiales, sí, pero también -y sobre todo- a bienes culturales, a la palabra libre, a la posibilidad de elegir, equivocarse y volver a empezar sin pedir permiso. La dignidad no se declama: se construye. Y siempre se construye con libertad.
Quizás el punto más perturbador de nuestro tiempo no sea la existencia de ideologías autoritarias -eso ha ocurrido siempre- sino la sofisticación con la que hoy se las disculpa. La barbarie ya no necesita botas: le alcanza con un vocabulario aceptable. Y frente a eso, la tibieza no es una posición moderada; es una forma de complicidad.
La libertad no necesita coartadas. Necesita defensores.
Cuando los derechos humanos dependen de quién los viola, dejan de ser derechos, y cuando la libertad exige silencio para sobrevivir, ya ha sido derrotada.





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