La charla con el filósofo y educador Eduardo Cazenave se dio en un contexto delicado, atravesado por hechos que volvieron a encender la alarma en comunidades educativas de distintas provincias. Por un lado, el caso de Santa Fe, donde un alumno disparó contra sus compañeros dentro de una escuela; por otro, en Misiones, la investigación sobre un chico de 13 años que habría incendiado un establecimiento escolar. Dos episodios distintos, pero atravesados por una misma preocupación: qué está pasando con los chicos, qué señales no se están viendo a tiempo y quiénes deben intervenir antes de que todo estalle.
“Educar no es delegar: estar cerca también es poner límites”
Tiene 13 años y está acusado de prender fuego una escuela en San Antonio

En diálogo con el periodista Jorge Kurrle, Cazenave evitó caer en simplificaciones y propuso una mirada más profunda sobre la crisis educativa, social y familiar que rodea estos hechos. Lejos de descargar toda la responsabilidad sobre la escuela, sostuvo que el problema es sistémico y que involucra a padres, docentes, medios de comunicación, Estado y comunidad. La advertencia fue clara: cuando ocurren episodios de esta magnitud, no alcanza con buscar culpables rápidos; hace falta revisar ausencias, silencios y desconexiones que vienen de mucho antes.

En ese marco, una de las definiciones más fuertes del educador apuntó al rol de la familia. “Los padres educamos aunque no queramos”, expresó, al remarcar que la presencia, la ausencia, los modos, los límites y hasta los silencios también enseñan. La frase apareció como una respuesta de fondo a una realidad que muchas veces pretende delegar en la escuela funciones que empiezan mucho antes, en la casa, en la mesa, en el vínculo cotidiano y en la capacidad de los adultos para estar cerca. 

Jorge Kurrle condujo la charla a partir de esos hechos concretos que impactaron en Santa Fe y Misiones, y desde allí empujó la reflexión hacia una pregunta más amplia: quién está ocupando hoy los espacios que los adultos dejaron vacíos. En ese punto, Cazenave señaló que los chicos pasan apenas una parte del día en la escuela y que el resto de su tiempo está atravesado por otros consumos, otras influencias y otras presencias, muchas veces dominadas por las pantallas, los algoritmos o la soledad. 

El filósofo insistió en que la educación es un sistema complejo, donde convergen múltiples factores, y que no existe una solución automática para frenar conductas violentas o procesos de deshumanización. Sin embargo, sostuvo que hay un punto de partida ineludible: involucrarse todos. La escuela, explicó, no tiene un botón para cambiar conductas por sí sola, y por eso reclamó una participación más real y más constante de las familias y de la sociedad en su conjunto. 

Uno de los conceptos más potentes de la entrevista apareció cuando Cazenave comparó el rol educativo con el arbitraje en el rugby moderno. Allí dijo que el referee está “al lado de la jugada”, marcando, corrigiendo y anticipando. Y trasladó esa imagen al mundo de los padres y docentes: hay que estar cerca de los hijos, de los alumnos, de sus consumos, de sus códigos, de sus lenguajes y de sus cambios. No mirar desde lejos. No llegar cuando ya es tarde. No aparecer solo cuando el conflicto explotó. 
En ese mismo recorrido, el educador advirtió sobre un fenómeno cada vez más visible: la pérdida de contacto humano en una época hiperconectada. Habló de la despersonalización, de chicos que se vinculan detrás de una pantalla, de violencias que se naturalizan en juegos o mensajes, y de una sociedad que va perdiendo capacidad de mirarse a la cara. Para Cazenave, esa distancia no es un detalle secundario: afecta directamente la empatía, el respeto y la percepción del otro como persona. 

La entrevista también dejó una definición tan simple como contundente: amar no alcanza si el otro no lo siente. Por eso defendió la necesidad de poner límites, de acompañar, de mirar, de hablar y de corregir con amor. Para el educador, la autoridad no es dureza vacía, sino presencia. Y el límite no es castigo arbitrario, sino una forma concreta de cuidado. 

Sobre el cierre, Cazenave amplió todavía más el foco y sostuvo que los chicos también aprenden del clima de confrontación que ven en la sociedad. Lo que aparece en los medios, en la política, en el deporte y en la conversación pública también educa. Por eso llamó a bajar la agresividad, recuperar el respeto por el otro y volver a poner en el centro aquello que une. En un tiempo donde sobran pantallas, velocidad y ruido, su mensaje apuntó a algo más básico y más urgente: volver a lo humano. 

En definitiva, la charla entre Eduardo Cazenave y Jorge Kurrle no fue solo una reacción frente a dos episodios graves que golpearon a Santa Fe y Misiones. Fue, sobre todo, una invitación a mirar más hondo: a preguntarse qué estamos haciendo como adultos, cuánto estamos acompañando y cuán cerca estamos realmente de los chicos antes de que el dolor, la violencia o el desconcierto se vuelvan noticia.





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