Redacción C6Digital – Jorge Kurrle
Lo que debía ser una noche más de recreación entre amigos terminó en tragedia en Posadas. Un hombre de 46 años murió tras descompensarse mientras jugaba al pádel en un complejo ubicado sobre las avenidas Blas Parera y Francisco de Haro. La escena, inesperada y dolorosa, volvió a sacudir a una ciudad donde el deporte amateur crece, pero donde también asoma una pregunta incómoda: ¿se está haciendo todo lo necesario para prevenir este tipo de episodios?
Según se reconstruyó a partir de testimonios y de la intervención policial, el hombre había terminado el primer set cuando se desplomó de manera repentina, sin manifestaciones evidentes de malestar previo. El auxilio fue inmediato. Quienes estaban en el lugar intentaron asistirlo en los primeros minutos, y poco después fue trasladado de urgencia al Hospital Escuela Dr. Ramón Madariaga. Sin embargo, ingresó sin signos vitales.
La conmoción no solo atraviesa a la familia, a los amigos y a quienes compartían ese momento deportivo. También golpea de lleno a una sociedad que, muchas veces, naturaliza la actividad física como sinónimo automático de salud, sin reparar en que el cuerpo también necesita controles, seguimiento y prevención.
Porque hacer deporte es saludable, sí. Pero también exige responsabilidad. Y ahí aparece un punto central que esta tragedia vuelve a poner sobre la mesa: la importancia de realizar estudios médicos anuales, aun cuando no existan síntomas visibles o antecedentes conocidos. Un chequeo clínico, estudios cardiovasculares de rutina y una evaluación acorde a la edad, al nivel de exigencia y a los antecedentes personales pueden ser determinantes para detectar factores de riesgo antes de que sea tarde.
En el deporte amateur suele instalarse una confianza peligrosa: la idea de que, por no ser profesional, no hacen falta controles estrictos. Sin embargo, el esfuerzo físico, incluso en ámbitos recreativos, puede exponer afecciones silenciosas. Muchas veces el corazón no avisa. Y cuando lo hace, puede ser demasiado tarde.
Por eso, el caso también abre otro debate que merece darse sin demoras: ¿qué tipo de controles deberían exigir los complejos deportivos, los torneos amateurs o los espacios donde cada semana cientos de personas practican actividad física? ¿Alcanza con una declaración informal de aptitud? ¿Debería pedirse un certificado médico actualizado? ¿Existen protocolos de emergencia suficientes? ¿Hay desfibriladores, capacitación en RCP y personal preparado para actuar mientras llega una ambulancia?
La discusión no apunta a desalentar el deporte, sino a cuidarlo más. A entender que la prevención no es burocracia, sino una herramienta para salvar vidas. Que un apto físico no debería verse como un simple papel, sino como una instancia seria de evaluación. Y que los lugares donde se desarrolla actividad física también tienen una responsabilidad en materia de seguridad y respuesta ante emergencias.
Mientras los estudios forenses deberán precisar qué ocurrió exactamente, la muerte de este hombre deja una marca dolorosa y una señal que no debería pasar desapercibida. Detrás de la tristeza inmediata hay una advertencia colectiva: en tiempos donde cada vez más personas eligen moverse, competir y entrenar, la cultura del esfuerzo no puede ir separada de la cultura del control médico.
Porque la pasión por el deporte vale. Pero la vida, mucho más.





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