Noviembre de 2018. A solo nueve días de la ida de la final de la Copa Libertadores -el Boca– River más apasionante de la historia-, desde San Petersburgo, a más de 14.000 kilómetros de La Bombonera y del Monumental, Sebastián Driussi y Leandro Paredes, quienes ya eran grandes amigos en el Zenit, compartieron un mismo mensaje en sus redes: “Somos rivales, no enemigos. Disfrutemos esta final histórica sin violencia”.
Paredes y Driussi publicaron un mensaje de paz en sus cuentas de Twitter.
Una foto. Un abrazo. Una relación forjada a la distancia de la tierra natal y sostenida en el tiempo. Un vínculo que hoy vuelve a cobrar fuerza por los caprichos del destino: Driussi, figura consolidada y goleador de River, recibe en Núñez a su amigo Paredes, campeón del mundo que volvió a Boca con hambre de gloria. Y, por segunda vez, se cruzarán en el superclásico, representando a los equipos de sus amores, esos mismos con los que competían en la Play durante las concentraciones en Rusia.
Pero la historia entre ambos tiene raíces profundas en el conurbano bonaerense. Criados a apenas unas cuadras de distancia en San Justo, partido de La Matanza, Leandro Paredes y Sebastián Driussi se conocieron desde chicos en el ambiente del baby fútbol. Cada uno dio sus primeros pasos en clubes de barrio —Paredes en La Justina Este y Driussi en 12 de Octubre—, hasta coincidir un tiempo en Brisas del Sud. «Lo conozco desde chicos, nos criamos juntos, vivíamos a cinco cuadras entonces tenemos buena relación», contó Paredes.
Luego, los caminos se separaron: uno recaló en las inferiores de Boca y el otro en las de River. Pero el destino les tenía guardado un nuevo capítulo cuando volvieron a coincidir en el Zenit. Sebastián Driussi llegó primero desde River y, un mes más tarde, se sumó Leandro Paredes procedente de la Roma. Lejos de sus raíces y atravesando juntos la adaptación al fútbol ruso, consolidaron una amistad que terminó por superar vestuarios, países y camisetas.
Driussi y Paredes en Zenit. (@zenit_spb)
La conexión se construyó de adentro hacia afuera de la cancha: juntos, dentro del campo de juego, disputaron 54 partidos entre las temporadas 2017/2018 y 2018/2019, y coronaron esa sociedad con el título de la Liga Premier de Rusia en la 2018/2019.
La conexión que empezó a fluir dentro de la cancha se extendía naturalmente afuera: eran compañeros de cuarto en las concentraciones y también en los viajes. Prácticamente hacían todo juntos: compartían el club, los entrenamientos, los partidos y hasta los momentos libres de Play, donde disputaron una infinidad de superclásicos virtuales. Esa sintonía también se trasladó a la Selección Argentina, donde compartieron dos convocatorias, ambas en 2017 durante el ciclo de Jorge Sampaoli.
Paredes y Driussi, jugando a la Play.
Leandro Paredes también puso en palabras esa mezcla de amistad y rivalidad que los acompaña desde siempre. Recordó, entre risas, lo que significaba vivir los superclásicos estando lejos: “Tuve que apagar el teléfono, encima mis compañeros del Zenit eran todos de River: Kranevitter, Driussi, Mammana… Fue difícil, apagué el teléfono y me fui a dormir re caliente, ja”. Pero más allá de la chicana, su relato deja ver la profundidad del vínculo: “Lo conozco desde los seis años, jugábamos juntos en el baby e íbamos a la misma escuela. De chicos, decíamos que íbamos a jugar juntos… Después uno terminó en Boca y otro en River. El destino quiso que jugáramos juntos en Rusia”. Y como toda amistad atravesada por la pasión, tampoco faltaban las apuestas: “Siempre apostábamos en los Superclásicos, a veces una prenda de ropa y otras un asado… En esa etapa, ganó más él que yo”.
Los superclásicos de Play que Paredes y Driussi jugaban en Rusia.
Los superclásicos de Play que Paredes y Driussi jugaban en Rusia.
El tiempo, los viajes y las decisiones de carrera nunca lograron romper un lazo que se construyó desde la infancia y se fortaleció en cada reencuentro. Cuando Leandro Paredes dejó Rusia para iniciar su etapa en el PSG, Sebastián Driussi lo despidió con palabras que sintetizan esa historia compartida: “Amigo, como te dije en varias ocasiones, era un sueño poder jugar en el mismo equipo con vos por todo lo que vivimos de chicos. Gracias por tu amistad, por estar siempre en todo momento. Se te va a extrañar a vos y a toda tu familia. Te deseo lo mejor en tu nueva etapa y que sea con el mayor de los éxitos. ¡Allez Paris!”. Un mensaje cargado de nostalgia, pero también de gratitud, que reflejaba todo lo que habían recorrido juntos desde aquellas canchas de barrio.
Driussi junto a Paredes aprovechando el domingo libre.
En ese cruce de caminos, donde la competencia convive con el afecto, el cierre parece escrito desde hace tiempo. Porque más allá de los colores, de las tribunas y de lo que haya en juego, hay algo que permanece intacto. Aquella frase que nació en la distancia, en la previa de una final histórica, vuelve a tomar sentido: rivales, sí; enemigos, nunca.
El fútbol, sin embargo, siempre guarda giros inesperados. Porque si alguna vez soñaron con compartir equipo, hoy el destino los encuentra en lados opuestos de la vereda. Ya se cruzaron en La Bombonera y ahora volverán a hacerlo en el Monumental, cada uno con la camiseta que lo vio crecer, sosteniendo una rivalidad que nunca pudo eclipsar el vínculo personal.





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