Confieso que no había leído Olé hasta el 25 de abril de 1998. «Tenés que ir a ver San Telmo-CADU», me dijeron para empezar la pasantía. Crucé el Riachuelo —perfume de Primera—, salí vivo de la Isla Maciel, vi un divertidísimo 1-0 y entonces supe cómo seguiría la historia: «No escribas nada. Mandanos síntesis, jugadores y puntajes». Mejor bautismo, imposible.
Después llegaron otras aventuras por la C y la D —derecho de piso— hasta firmar mi primera nota en aquella vieja redacción que trabajaba jugando a hacer un diario. Entré despacio. Nunca más me fui.
Hoy Olé cumple 30. Me tocaron 28. ¿Demasiados? Infinitos partidos, cierres, tapas, cafés, hijos, amigos que se fueron, madrugadas, noticias, goles, frustraciones, paciencia, pasión, aguante, mucho aguante. Del papel, el olor a tinta y el cassette a las inteligencias artificiales y las canas. Cambiamos todos, cambió Olé, cambió el periodismo. Fueron unas 10.255 noches. No tengo idea de cómo llegamos a vivir tantas vidas acá adentro. Pero confieso que, cuando me duermo, prefiero soñar para no saberlo.





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