La Argentina cede la corona de campeón del mundo sin haber interpretado en la final el libreto futbolístico que conoce y desplegó más de una vez, pero sin guardarse lo que entregó a raudales en todo el torneo: corazón, entrega, orgullo, compromiso. Hidalga también en la hora triste de la derrota, una circunstancia que casi desconocía de tanto que se había acostumbrado a ganar. Una selección que tiene el mejor ejemplo desde su cabeza, en la conducción, con Lionel Scaloni aportando calma y cordura apenas abierta la herida de la caída, al interponerse en la agresión a los golpes entre Paredes y Gavi. Saber perder también es de un campeón del mundo. Y la Argentina lo fue hasta el último instante.
Sin la pelota -secuestrada por la cadencia de España para el pase y la asociación- durante casi toda la final, la Argentina igual tuvo una para abrazarse a esa épica que fue una compañera de viaje durante todo el Mundial. El remate por arriba del travesaño de Giuliano Simeone, cerca del punto del penal, a los 14 minutos del segundo tiempo del suplementario, se llevó el último arresto de un equipo que ya competía hecho jirones. Por las lesiones de Cuti Romero y Lisandro Martínez, la zaga central que debió ser reemplazada. Por la expulsión de Enzo Fernández, que arriesgó demasiado en una pelota dividida estando ya amonestado. Por el cansancio de un equipo obligado a correr mucho detrás de la pelota que monopolizó España. Ese tipo de desgaste, el que impone un adversario que erra muy pocos pases, quema piernas y cabezas, porque se va internalizando la sensación de que se está frente a un rival superior.

Igual, a esta Argentina hay que demolerla para no dejarle ningún resquicio de sobrevivencia. No lo hizo España porque más de una vez chocó contra las atajadas de Dibu Martínez, que estaba cumpliendo el partido que esperaba, el de ser el primer auxilio de un equipo maltrecho. Dibu era la mayor esperanza, pensando ya exclusivamente en los penales. El centro pasado de Porro lo agarró al arquero con el paso cambiado entre salir y quedarse, y con Molina una vez más desorientado para impedir que Nico Williams bajase la pelota para la definición de Ferrán Torres.
Salvo Dibu y Tagliafico -un tenaz marcador de Yamal-, y Cuti Romero y Licha Martínez mientras les dio el cuerpo, no hubo individualidades destacadas en la Argentina. Esa carencia se notó mucho del medio hacia adelante. Los volantes no conseguían la pelota y los delanteros quedaban aislados. Había que achicar espacios en campo propio, aguantar, resistir, faena a la que nunca le escapa porque este equipo afronta lo que toca, sea barro o pasarela para lucirse. La Argentina no pateó al arco en los 90 minutos. El dato es concluyente y por demás gráfico de lo que fue el desarrollo.
Scaloni volvió a hacer referencia a las dificultades de todo el tramo previo al Mundial. Con jugadores en proceso de recuperación de lesiones que llegaron muy justo desde lo físico, déficit que compensaron con un amor propio encomiable. En un equipo averiado, las 24 horas menos de descanso con respecto a España también pasaron factura. Seguramente, el entrenador hará una revisión sobre si hizo lo mejor en la composición del plantel, si no se circunscribió en exceso a la guardia de hierro de los campeones del mundo y se cerró a variantes que hubieran aireado un poco más la formación. Habrá tiempo para este tipo de análisis y meditaciones. La Argentina, vencedora en las cuatro finales anteriores que disputó, tendrá que aplicarse a una práctica infrecuente: aprender de la derrota, despojarse por una vez del triunfalismo que todo lo valida y legitima.

Cualquier autocrítica o asunción de responsabilidades no quita que esta Argentina resignó el título con la frente en alto, porque una final no invalida el ciclo. Esta selección construyó demasiado como para que un partido, por más que sea una final, desmorone todo. Está el legado, que se puede medir en títulos y estadísticas muy favorables, pero también quedan los valores que transmitió: trabajo, honestidad, humildad, entereza, vergüenza deportiva, cohesión colectiva.
En un país necesitado de ejemplos a imitar, esta selección deja un espejo para el que quiera mirarse. El que lo haga saldrá mejor, habrá crecido. Cómo empezar desde muy abajo, porque esto arrancó desde los escombros que dejó el Mundial 2018, y poner ladrillo sobre ladrillo hasta llegar a la cima para quedarse un largo rato.
Esta Argentina representó al potrero, a los clubes de barrio, al amor por jugar a la pelota para luego ser profesionalmente competitiva. No se salteó ningún proceso, fue metódica y consecuente, dio todos los pasos para entrar en el sentimiento de la gente como pocas veces ocurre. Seductora y guapa; ubicada y sensible. En un país divisivo por la razón que sea —política, social, económica—, esta selección consiguió una unanimidad transversal. Produjo instantes de felicidad e ilusión que no abundan en la cotidianeidad diaria. Se transformó en tema nacional, omnipresente.
La Argentina tiene una larga cultura futbolera; sus latidos llegan desde las grandes urbes y los pueblos. El fútbol es un agente capaz de provocar fuertes emociones en nuestro país, moviliza hasta las entrañas, estremece cuando un equipo conecta con la gente. Esta selección contagió con sus alegrías y ahora hace partícipe al resto con sus lágrimas. Como las de Messi, a quien recién le cayó la ficha cuando le colgaron la medalla del segundo puesto. Fue el certificado de que ya no era campeón del mundo y de que a partir de ahora deberá decidir si esto fue lo último o alarga un poco más una trayectoria de leyenda.
Como las lágrimas de Scaloni, que llegó a la conferencia de prensa diciendo que ya había llorado todo lo necesario en el vestuario. Pero no, el llanto le volvió a brotar instantáneo cuando tuvo que responder sobre su futuro. Se le mezclaron la nostalgia, el agradecimiento a sus jugadores y el peso de una obra que requerirá de una nueva inversión en energía y lucidez mental para prolongarla, ya sin varios de estos intérpretes. La vara quedó muy alta. Es un enorme mérito y también un desafío tremendo para el que siga o el que venga.
Nadie se sacó la medalla durante la ceremonia de premiación. Ese fue otro gesto que distingue a esta selección. Después de un Mundial inolvidable, en buena medida por los partidos que protagonizó la selección, ahora queda el regreso al país. Le espera el afecto y el agradecimiento de su gente. Que en definitiva se juega para eso, aunque ya no sea campeón del mundo.





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