
Fue Plutarco, el célebre historiador griego, quien narró esta particular historia en su obra Las vidas paralelas. Según la leyenda, Gordias, el rey de Frigia (actual Anatolia, en Turquía), luego de ser coronado, ofreció su carro como ofrenda a Zeus, atando la lanza y el yugo con un nudo imposible de desatar.
El oráculo de la ciudad pronosticó más tarde que quien desatara el nudo conquistaría todo el Oriente. A partir de ese momento, muchos se acercaron al Templo de Zeus pero ninguno pudo nunca desatar ese nudo. La leyenda creció, año tras año, hasta extenderse por todas partes. Los oráculos, en aquellos tiempos, cumplían un papel similar al de las encuestas modernas: las multitudes los seguían y consultaban porque, en la frontera entre el arte y la pseudociencia, sus pronósticos muchas veces se cumplían.
Cuatro siglos más tarde, Alejandro Magno pasó por Gordión —la ciudad que Gordias erigió en honor y agradecimiento a Zeus— y los sacerdotes del templo lo desafiaron a resolver el problema. Desde ese mismo instante, el nudo se convirtió para Alejandro en una prueba de su capacidad para superar obstáculos aparentemente insuperables. El conquistador macedonio observó, consultó y decidió tomar una decisión radical. En lugar de perder tiempo tratando de resolver el enigma de manera convencional, desenvainó su espada y cortó el nudo de un solo tajo, diciendo al instante: “tanto monta cortarlo que desatarlo”.
Los asistentes al hecho quedaron estupefactos. Este acto audaz y simbólico demostró su enfoque pragmático y su habilidad para tomar decisiones rápidas y efectivas. Al cortar el nudo, Alejandro no solo resolvió el problema, sino que también cumplió con la profecía, consolidando su reputación como líder decidido y visionario.
La historia cuenta que aquella noche Zeus sorprendió a la ciudad de Gordias con una gran tormenta de truenos y relámpagos. Estaba claro: Zeus bendecía así el camino de Alejandro Magno. Fiel a la leyenda, y tal como había sido anunciado, Alejandro llegó a “conquistar Asia”.


Einstein y el otro gran nudo de la historia
Hay un segundo episodio, mucho más cercano en el tiempo, que ilumina con la misma fuerza esta idea. Albert Einstein también se enfrentó a un nudo gordiano: el de la física moderna. Detrás de su célebre ecuación —energía igual a masa por la velocidad de la luz al cuadrado— se acumulaban millones de estudios científicos, cientos de investigadores y desarrollos matemáticos enormes, como las geometrías de Riemann y las teorías de múltiples dimensiones. Toda esa biblioteca infinita fue sintetizada en apenas tres términos que hoy explican desde la luz que nos rodea hasta la tecnología que cargamos en el bolsillo.
Cuando alguna vez le preguntaron cómo había llegado a esa síntesis, Einstein respondió que perdió muchísimo tiempo buscando la solución dentro del nivel de las incógnitas conocidas, hasta que un día tuvo un destello, un brain flash, y comprendió que debía situarse en un nivel superior al de todo el conocimiento existente. Recién allí encontró la respuesta. En cierto sentido, lo que Alejandro Magno hizo con la espada, Einstein lo hizo con el pensamiento: en lugar de quedarse atrapado en el problema, se elevó por encima de él.
Ambos episodios —el de la mitología griega y el de la ciencia moderna— transmiten la misma enseñanza: las soluciones más eficaces no son siempre las más evidentes, y muchas veces aparecen cuando se cambia el plano desde el cual se mira el problema.
Qué significa el nudo gordiano trasladado a la realidad de Misiones
El contexto actual puede interpretarse como un verdadero nudo gordiano. Una crisis que atraviesa transversalmente a una sociedad que reclama un gesto de la política que luce en gran parte ensimismada, abstraída del padecimiento de la gente que sufre día a día el deterioro de su calidad de vida y ve con resignación que no hay un horizonte en donde se vislumbre una mejoría.
Un vasto sector de la dirigencia vive en modo campaña permanente tirando al aire eslóganes vacíos y haciendo análisis de la realidad con críticas furibundas pero sin ofrecer soluciones alternativas. La gente necesita retomar el camino de la esperanza, pero para ello deben existir propuestas que ilusionen y que permitan creer que un futuro mejor es posible.
Ese nudo gordiano que representa la situación actual del país y la provincia fue analizado por Carlos Rovira, quien con la disrupción y audacia de Alejandro Magno —y con la mirada elevada de Einstein— parece haberlo resuelto. La convocatoria a un gran encuentro de los misioneros es una consigna que sacude el status quo, porque no se queda en el plano de la disputa cotidiana, sino que invita a situarse en un nivel superior, allí donde las soluciones efectivamente aparecen.
Convocar a Encuentro Misionero en estos tiempos es la mayor muestra de generosidad y coraje a la vez. La consigna es tan potente como esperanzadora: se trata de un espacio que se reinventa y se abre a la integración con otras expresiones políticas que coincidan en el objetivo de atender y resolver los problemas de los misioneros frente a un complejo escenario nacional.
Pero hay algo más, y es quizá lo más decisivo. Encuentro Misionero se propone como un canal omnicomprensivo de voluntades, un espacio donde el ciudadano común —el que critica, el que demanda, el que tiene una idea o un aporte— pueda participar sin más trámite, superando la barrera que muchas veces imponen las propias dirigencias y agrupaciones políticas, que terminan frenando el acceso natural del vecino al proyecto colectivo. Se trata, en palabras del propio líder misionero, de dar al ciudadano condiciones de evolución ascendente: que su voz no quede filtrada ni anulada, sino que se incorpore directamente a la construcción de las soluciones.
El inicio de este nuevo tiempo político está marcado por la fuerza del coraje misionero que convoca a todos para delinear un proyecto colectivo capaz de superar no sólo la crisis económica, sino un estado de estancamiento social producto de la pérdida de esperanza y expectativas. Como Alejandro frente al nudo, como Einstein frente a la ecuación, Misiones elige hoy elevarse al nivel donde la solución se vuelve posible.





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