
Por Fernando OZ
A veces, la política parece una obra de teatro mal ensayada donde los actores, conscientes de su mediocridad, deciden que el escándalo es preferible a la intrascendencia. El problema es que, cuando el escenario es la Cámara de Diputados y los actores son quienes deberían velar por la calidad institucional de nuestra provincia, la comedia se transforma en una tragedia de baja estofa. Lo que hemos visto en estas últimas semanas en el Cantón no es solo una disputa de poder entre diferentes partidos, con interinillas por medio; es la confirmación de una degradación que debería avergonzarnos a todos como ciudadanos.
La última sesión fue el testimonio más fiel de lo que les digo. Nadie se atrevió a decir una palabra sobre la puesta en escena de los diputados Miguel Núñez y Ramón Amarilla. Al inicio de la semana, decidieron sacar un escritorio y unas sillas a la vereda, aduciendo que la calle les brindaba más seguridad que el propio Palacio Legislativo. La imagen pretendía denunciar algo gravísimo: la filtración de videos del sistema de seguridad interna.
La filmación del video filtrado fue realizada con dos de las cámaras que se monitorean desde una oficina que se encuentra en la planta baja del edificio anexo al Palacio Legislativo. Las imágenes, debidamente editadas y luego distribuidas por manos anónimas en redes sociales, muestran dos escenas: la primera es cuando el diputado Núñez recibe en la puerta de su oficina a Florencia Aguirre, una enfermera ultraopositora que denuncia al poder sin pruebas contundentes y con ganas de incursionar en política. La segunda es cuando la misma mujer está entrando al edificio del anexo para luego subir al despacho del legislador.
Que se utilicen recursos públicos para “realizar inteligencia y perseguir opositores”, según las palabras de los dos legisladores del bloque Algo Nuevo, es un escándalo que en cualquier institución seria habría provocado renuncias masivas. Aquí, en cambio, la parodia de la vereda fue respondida con el mutismo absoluto del resto del cuerpo. Mirar hacia otro lado es, sencillamente, una abdicación de sus funciones.
Aquí es donde debemos preguntarnos sobre la calidad de los diputados que llevamos a representar nuestra voluntad. La mediocridad no es solo la falta de formación; es la falta de coraje para denunciar lo que está roto y para debatir lo que incomoda. Prefieren el “toma y daca” de pasillo antes que el debate crítico de cara a la sociedad.
Lo del diputado Walter Ríos funciona aquí como un caso testigo. Ustedes recordarán, conté el caso hace algunas semanas. El presidente del bloque “Por la vida y los valores” y vicepresidente segundo de la Legislatura tuvo la brutal desfachatez de quejarse en público, durante una entrevista periodística, porque el oficialismo “no” cumplió con un “acuerdo”. Y como si semejante desplante fuese poco, condicionó los tres votos de su bloque para la votación de los pliegos de un ministro de la Corte: “es así, una mano lava a la otra”, dijo sin que se le cayera la cara de vergüenza. Y luego, con un cinismo que asusta, agregó: “dentro de un acuerdo hubo un pedido, hoy mi pedido no llegó nunca. Estamos llegando al primero de mayo y qué pasa. Hacemos un cumpleaños, pero no llega el… (regalo), entonces no podemos trabajar así”.
El leading case de Ríos es una suerte de síntoma de una enfermedad más profunda: la política entendida como un intercambio de favores menores, donde la institucionalidad es una moneda de cambio gastada en el mercado de las conveniencias personales.
Como ciudadano común, me resulta intolerable el silencio de las autoridades de la Cámara. Pero, tal vez, el diputado Sebastián Macías, presidente del cuerpo e integrante del cuarteto que dirigirá la campaña de Encuentro Misionero; junto a Carlos Adrián Núñez, vicepresidente primero y gerente de la marca Milei, y a Ríos, suertudo de poca monta, el que se quejaba porque no le cumplían lo pactado, que es el vicepresidente segundo, hayan iniciado una investigación interna y realizado la denuncia en la Justicia. Claro que nada de eso sucedió.
Si un video de seguridad interna se puede filtrar y difundir para amedrentar o lo que fuese, ¿qué seguridad tiene el ciudadano común frente al aparato del Estado? La baja calidad institucional no es un concepto teórico; es el aire enrarecido de una Legislatura que no debería renunciar a ser el ámbito del debate para convertirse en una asociación de privilegios y secretismos.
Los diputados parecen haber olvidado que su mandato no es para calentar su silla —ya sea dentro del recinto o en la vereda— sino para elevar la calidad de la vida pública. El espectáculo de las sillas afuera y el mutismo adentro son las dos caras de la misma moneda: la incapacidad de procesar el conflicto a través de las ideas. El nudo que tenemos frente a nosotros no se corta con shows mediáticos, sino con debate y una exigencia implacable de idoneidad.
Hace mucho tiempo que la Cámara de Representantes de la provincia no convocaba tantas miradas juntas. Pero, fíjense ustedes, el mayor rating no lo tiene el prime time, que debería ser la sesión de los legisladores, sino “la previa” de Carlos Rovira, donde, al parecer, concurren cada vez más personas. Desde el mismo Palacio Legislativo, el ingeniero marca la agenda política del Cantón, baja línea interna, convoca y debate abiertamente con nuevos actores sociales. Habla de política, hace política.
Me parece bien. La Cámara es la casa del pueblo, qué mejor espacio que ese para debatir ideas. Lo mismo deberían hacer las otras fuerzas políticas. No necesitamos más horas de videitos en redes sociales; necesitamos representantes que entiendan que su mandato no es para cuidar un asiento, sino para elevar la vara de la vida pública.
No se puede sesionar por goteo y, cuando se lo hace, convertir el recinto en una escribanía de temas menores o en un escenario para subir reels a las redes, mientras afuera se filtran videos para generar fake news. La dignidad del cargo debería impedirles dormir tranquilos mientras la institución que representan se degrada en la anécdota y el intercambio de favores.
Me resisto a aceptar que este sea el techo de nuestra institucionalidad. Misiones merece diputados que honren el suelo que pisamos con algo más que gestos vacíos y sesiones de compromiso. El poder real debería residir en la gente, pero esa gente hoy asiste a un teatro de sombras y fantasmas donde los encargados de dictar las leyes y de controlar al Poder Ejecutivo, son los primeros en ignorar el peso de la responsabilidad que cargan.





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