KANSAS CITY (Enviado especial).- 40 años después, México 86 sigue presente en cada partido de la selección. No solo porque, detrás de Lionel Messi, la camiseta de Diego Maradona es la que más se ve en las ciudades que el equipo recorre durante el Mundial. También porque las coincidencias entre el equipo de Carlos Bilardo y el de Lionel Scaloni van mucho más allá de haber tenido al mejor jugador del mundo o de haber levantado la copa. Hay algo que los une. Argentina volvió a construir un equipo con muchas de las cosas que suelen tener los grandes campeones: un entrenador al que todos le creen, un líder capaz de cargar con toda la presión, un grupo que entiende que el equipo está por encima de cualquier nombre, una identificación enorme con la gente y la sensación de que siempre encuentra la manera de salir adelante. El fútbol cambió. También los jugadores y la forma de vivir el Mundial. Pero hay cosas que se repiten. Pero hay varios puntos en común entre aquella selección y esta.
Ese vínculo también aparece fuera de la cancha. Muchos de los campeones de México acompañan al equipo desde un palco. Algunos invitados por la AFA; otros aprovecharon el viaje a Estados Unidos para comentar partidos, participar de eventos o cumplir compromisos comerciales. Cuando empieza el partido, se convierten en un hincha más. No importa que esta selección pueda conseguir lo que a ellos se les escapó en Italia 90. Todos comparten el mismo deseo: verla avanzar y volver a festejar un Mundial, esta vez desde otro lugar.
Entonces, mientras Nicolás Otamendi anticipa una pelota en el área, Oscar Ruggeri se levanta de su asiento e intenta copiar el gesto. Cuando Emiliano Martínez vuela de palo a palo, Nery Pumpido aplaude con una sonrisa. Sergio Batista disfruta cada intervención de Messi, al que dirigió en la Copa América 2011, pero también la personalidad con la que Enzo Fernández maneja el mediocampo. El Chino Tapia sigue con atención a Leandro Paredes, otro volante surgido de Boca que llegó al Mundial. Y Maradona, aunque ya no esté, aparece en las tribunas y en el recuerdo de un plantel en el que ninguno de los jugadores había nacido en 1986, pero que creció viendo una y otra vez a Diego gambetear ingleses y aprendió que el fútbol podía regalarle al país una alegría que dejara de lado, al menos por un rato, las diferencias de siempre.
Las similitudes empiezan por los líderes. Ayer fue Maradona; hoy es Messi. Muy distintos en su manera de vivir, pero igual de importantes en la cancha. Los dos cargaron sobre sus hombros con la ilusión de millones de argentinos y les sacaron ese peso de encima al resto. No es casualidad que Diego haya sido el primero en entregarle la cinta de capitán a Messi en un Mundial, en Sudáfrica 2010. Con el tiempo, Messi construyó un liderazgo propio, mucho más silencioso que el de Maradona, pero igual de fuerte. Conduce desde el ejemplo y, como Diego, desde el respeto que se ganó dentro del grupo.

Claro que ningún capitán gana un Mundial solo. Bilardo y Scaloni lograron que el plantel acompañara cada una de sus decisiones sin que eso rompiera la convivencia. Bilardo apostó por José Luis Brown en lugar de Daniel Passarella. Hoy pasa algo parecido. Scaloni repite desde hace años que el único jugador con el puesto asegurado es Messi. En la previa de este Mundial dejó en el banco nada menos que al subcapitán, Nicolás Otamendi. Antes había sacado a Paredes para darle lugar a Enzo Fernández, Lautaro Martínez perdió el puesto cuando apareció Julián Álvarez y hasta Di María dejó de ser titular en algunos partidos. Pero todos siguieron tirando para el mismo lado y poniendo a la selección por encima de cualquier nombre.
El ejemplo más reciente es el de Lautaro Martínez. Perdió el puesto en Qatar, volvió a empezar desde atrás en este Mundial y nunca dejó de trabajar para volver a ser titular, un lugar que no había vuelto a tener ni siquiera después de ser goleador de la Copa América 2024 y de participar en 22 goles en sus últimos 28 partidos. Esperó su oportunidad y respondió cuando Scaloni volvió a darle confianza: marcó ante Jordania y aparece como principal opción para jugar de nueve en los 16avos de final ante Cabo Verde, en Miami, por delante de Julián Álvarez, que había llegado como favorito.
La relación con la gente es otro punto de encuentro entre aquella selección que conquistó la primera estrella fuera del país y esta que vuelve a buscar lo mismo en otro Mundial que también tiene a México como una de sus sedes. La del 86 terminó de conquistar al país durante el torneo, después de haber llegado entre críticas e inmersa en un mar de dudas. Esta generación hizo el camino inverso: el romance con el público nació antes, con la Copa América 2021, se fortaleció con Qatar 2022 y hoy se percibe en cada ciudad que visita. Miles de hinchas llenan los estadios, organizan banderazos, esperan durante horas en la puerta de los hoteles y arman una fiesta que ya se volvió una de las grandes atracciones del torneo.
No tiene que ver solo con los resultados, sino con la manera en que este equipo representa la camiseta, una identificación que llegó a perderse en el camino desde México 86 y que ahora parece más fuerte que nunca.

Hay otra coincidencia más difícil de explicar. Algunos la llaman mística. Los más jóvenes, aura. Esa sensación de que el equipo siempre encuentra una salida a tiempo, incluso en los momentos más complicados. La selección del 86 la mostró frente a Inglaterra, Bélgica y Alemania. La de Scaloni también, después del golpe contra Arabia Saudita en Qatar y en este inicio de Mundial, donde fue de menor a mayor en el rendimiento y, por momentos, volvió a depender de Messi para resolver los partidos. Una idea que los jugadores suelen resumir en una frase: nunca dejar de creer.
La gloria no se hereda. Pero sí la manera de competir, de convivir y de construir un grupo capaz de afrontar cualquier desafío. Cuarenta años después de México 86, el sueño es que el viaje vuelva a terminar con una copa en alto. Esta vez, en New Jersey. Con los campeones de México 86 como testigos de una historia que trasciende los equipos y las épocas.





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