La historia continúa. Hay un partido más o dos. Con un sufrimiento terrible, sin jugar bien, pero Messi va, sigue, empecinado. Eso es una gran noticia para el fútbol y por eso ese abrazo interminable de con Julián, quien esta vez lo bajó del poster y lo salvó. Y otro con Lautaro quien liquidó el partido en este infartante suplementario.
Ahora, después de disfrutar de este parto, tendrá su primera vez ante un rival que tiene morbo, al que nunca enfrentó en Mundiales, al que todos le quieren ganar. Por eso, salta, canta y demuestra la alegría. Porque Argentina está otra vez entre los cuatro mejores de un Mundial y porque él tendrá el privilegio (uno más y van) de ser el primer argentino en disputar tres semifinales de una Copa del Mundo.
En un partido raro, parejo, sin grandes rendimientos, el 10 sacó a pasear su zurda un ratito para ponerle la pelota en la cabeza a Alexis Mac Alister, para ese grito del 1-0, para entregar su décima asistencia en un Mundial y convertirse también en el máximo jugador que da pases gol. Lo tiene todo. Si no los hace, se los entrega a sus compañeros y desde su liderazgo, la Selección dio otro paso más.
Con la Selección esperando en bloque bajo, L eo tocó poco la pelota en el primer tiempo, apenas 18 veces. Y eso fue un síntoma de por qué hablaba tanto con sus compañeros para que le den la bola, para tratar de pararse unos metros más adelante. Saltear líneas como lo intentó todo el PT, no es bueno para el 10, que así no puede hacer pesar su talento. A los 39 años, hay que dársela al pie y que él invente algo.
Por supuesto que con Leo en cancha siempre hay un pase de magia. Como esa perlita que regaló sobre la raya, apretado, tras un pase de Molina, para pincharla y hacer pasar de largo al defensor, para la exclamación de teatro que se generó en el Arrowhead. Pero fue una muestra, no una constante. Estuvo molesto con el juez y hasta le dijo que “no me faltes el respeto”, después de discutir un rato.
En el segundo tiempo, tocó más la bola y empezó a tener un protagonismo mayor cuando Suiza se quedó con uno menos. Más libre, suelto por la derecha y cuando la bola quemaba, siempre apareció para encargarse de la presión. Con un apósito en la ceja, a lo Rocky fue a todas. Aguantó los 120, quedó cansado pero feliz.
En su sexto Mundial, Leo sigue demostrando que es el mejor del planeta. No importa cuánto canta el DNI sino su forma de tomarse las cosas de prepararse. Antes de este torneo entendió que debía entrenar más, alimentarse mejor, tener rutinas aún más ordenas, hacer doble turno. Él no quería un Mundial testimonial, él quería eso que está consiguiendo. Que otra vez la Scaloneta juegue todos los partidos de una competencia, que sea competitiva, con altos y con bajos, pero competitiva al fin.
Lo más difícil en el fútbol y en la vida no es llegar a la cima, sino mantenerse. Y Leo sabe mucho de eso. Hace 20 años que se pone el smoking con pantalones cortos y botines, y paga la entrada. Siempre. A veces con un ratito, a veces con un pase, pero nunca defrauda. Y como dijo en Qatar, este equipo “no los iba a dejar tirados” a los hinchas. Y otra vez está cumpliendo.
Ahora vendrán días distintos. Más intensos desde lo mediático y discursivo. Se viene un clásico Mundial, con Malvinas en el horizonte y esa será una batalla futbolera que el 10 tratará de ganar. Pero mientras tanto disfruta de un nuevo logro. No es fácil seguir poniendo a la Selección ahí arriba durante tanto tiempo seguido.
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