En cuatro momentos clave se detuvo el reloj de la historia. El primero fue antes de empezar el partido, los dos equipos formados en la cancha: suena el Himno argentino, los ingleses abuchean, y son tapados por el canto visceral de los miles de hinchas que coparon Atlanta con sus banderas, y de los propios jugadores, que ya comenzaron a dejar el corazón en el estribillo.
O juremos con gloria morir.
Otro momento es el minuto 64. Los ingleses van ganando 1-0 y sacan un delantero, el que hizo el gol, para poner a un defensor. El mensaje de su entrenador Tuchel es rápidamente asimilado por los “leones” en el campo de juego: van a la retranca.
Otro es poco después, a los 68, cuando las balas le pican a Pickford cerca y el arquero le hace al árbitro el gesto para que vayan al “cooling break”, quiere frenar la avalancha de la Scaloneta.
Otro es al final: Argentina ataca, Inglaterra no sabe por dónde escaparse, se chocan entre ellos y se lesiona Stones. El árbitro espera que lo atiendan con la pelota para darle el pique a la Scaloneta en mitad de cancha. De Paul, al lado del tipo, le grita y gesticula, ¡vamos! ¡Dale! ¡A seguir jugando!
De Paul tiene el ojo del tigre, ve que es ahora, van 90’ y medio y nada de ir al alargue, los ingleses están pálidos, nosotros vamos al frente. Un minuto después, Lautaro mete el 2-1.
Llegó Argentina a su quinta final en el ciclo Scaloni ( dos copas América, Qatar, Finalissima, todas ganadas, y esta) y lo hizo desde que cantó el Himno junto con la gente antes de empezar. Una canción que dice que vivamos con gloria o juremos morir con gloria.
Los ingleses salieron corriendo como los sacaron los criollos en las invasiones de 1806 y 1807. A Argentina no le pasará. Jugará la final con una gran España y podrá ganar o perder, pero lo que haga, será dejando hasta la última gota de sangre.
Final del partido y el ritual: la Selección canta con la gente (Foto Juano Tesone/ Enviado especial).
Messi y Kane. Dos potencias se saludan (REUTERS / Dylan Martinez).
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