Misiones
Señalan que los adolescentes habitan lo real y lo virtual
Amenazas de tiroteos: qué análisis hacen los especialistas

Las amenazas de tiroteos en escuelas de Misiones encendieron en los últimos días una fuerte alarma en distintas localidades de la provincia. Pintadas en baños, mensajes que circularon entre estudiantes y la sospecha de un reto viral generaron un clima de miedo, incertidumbre y preocupación en las comunidades educativas, con intervención de la Policía, actuaciones judiciales y activación de protocolos en cada institución.
En Posadas, uno de los focos principales, también se detectaron conversaciones en grupos de WhatsApp donde algunos alumnos hablaban de llevar armas de juguete “para asustar”, lo que profundizó la inquietud de las familias. Aunque no se registraron hechos concretos, el impacto fue inmediato: hubo ausentismo, controles en los ingresos y reclamos de mayor seguridad por parte de padres y tutores.
En ese contexto, la problemática dejó de ser leída como un hecho aislado para pasar a entenderse como parte de un fenómeno más amplio, con episodios similares en otras provincias y con investigaciones que buscan determinar si existe un patrón común o un efecto de propagación entre estudiantes. En ese marco, especialistas consultados por El Territorio coincidieron en que estos hechos exponen un malestar más profundo, que no empieza ni termina en una pantalla.
“La mirada de lo que sucede tiene que tener varias aristas. Por un lado, el desarrollo de los adolescentes y los requerimientos propios del acompañamiento de su proceso evolutivo. Y, por otro lado, una mirada social e integral sobre quiénes somos los adultos que estamos acompañando y cómo lo estamos haciendo. Entendiendo que ellos habitan su desarrollo tanto en el plano real como en el virtual, y que eso es algo con lo que tenemos que familiarizarnos, no solo desde la escuela, sino también desde las familias”, sostuvo Emilia Lunge, psicóloga y directora de Políticas Estudiantiles de Educación.
A su vez, planteó que se trata de un fenómeno de alcance global que comenzó a hacerse visible también en las escuelas de Misiones y que debe analizarse de manera integral. En esa línea, advirtió que estos episodios impactan en la salud mental de los adolescentes, generando ansiedad, angustia e incertidumbre, por lo que consideró clave acompañar con mensajes claros y generar espacios de diálogo y tranquilidad que permitan comprender lo que ocurre y construir entornos seguros.
También remarcó que las redes sociales ocupan un lugar central en la vida de los jóvenes, ya que forman parte de su identidad y de sus vínculos, en un entorno con gran volumen de información orientado al consumo, lo que vuelve indispensable la presencia y el acompañamiento de los adultos. “Es fundamental preguntarnos qué herramientas les estamos dando a los chicos para que sepan manejarse en el plano de la virtualidad”, aseveró la referente de Educación.
En cuanto al acompañamiento, apuntó que estas situaciones no son bromas, sino hechos que generan miedo e incertidumbre y que implican responsabilidades, por lo que resulta clave asumir un rol protector, con presencia, disponibilidad y límites claros, junto con la necesidad de generar espacios de diálogo desde la escucha, sin minimizar lo que los adolescentes expresan, conocer cómo viven estas situaciones y habilitar su participación en la búsqueda de soluciones.
“La clave es no ridiculizar a los chicos cuando nos cuentan lo que les pasa y entender que lo digital tiene un impacto emocional. También es necesario trabajar el plano de la responsabilidad, porque si alguien genera miedo en otros no es un juego: una amenaza es un delito. La escuela construye ciudadanía digital, pero no puede sola con todo lo que se viraliza, por eso es necesario que los adultos acompañemos, sepamos cuándo nuestros hijos están listos para usar redes y generemos conversaciones sobre cómo comunicarse en esos espacios”, subrayó Lunge.
En ese marco, vinculó estos episodios con la necesidad de fortalecer a la escuela como un espacio seguro y de pertenencia, junto con el valor del diálogo para prevenir que se repitan. También, las implicancias legales para quienes realizan estas acciones y sus familias, lo que pone en foco la responsabilidad adulta y el trabajo articulado entre escuela y hogar.
A la vez, el uso de los dispositivos digitales como herramientas de comunicación, donde la viralización sin contexto genera miedo y pánico. Según mencionó, mantienen protocolos activos, materiales de acompañamiento para las familias y una intervención conjunta entre instituciones, equipos interdisciplinarios y fuerzas de seguridad.
Vínculo familia y escuela
Por su parte, Eugenia Rottoli, licenciada en Orientación Familiar, señaló que estos episodios no son hechos aislados, sino la expresión de un malestar más profundo que atraviesa a niños, niñas y adolescentes, así como a las familias, la escuela y la sociedad en su conjunto. El rol central de las redes sociales en la vida adolescente, no solo como medio de comunicación sino también como espacio de construcción de vínculos, identidad y pertenencia.
“Estas redes o el mundo digital quedan muchas veces por fuera de la mirada adulta, y los adolescentes habitan esos espacios sin supervisión, donde circulan contenidos, mensajes y retos que impactan directamente en la autoestima, la personalidad y las conductas. Estas situaciones no aparecen de un momento a otro, sino que presentan indicadores previos como cambios de humor, aislamiento, irritabilidad y respuestas violentas, junto con un uso desmedido de las redes, donde gran parte de la vida pasa por las aplicaciones”.
En sintonía, añadió que estas situaciones no deben minimizarse, sino asumirse como señales que requieren atención adulta, con la necesidad de escuchar, comprender esas conductas y generar espacios de diálogo donde los adolescentes puedan expresarse y ser contenidos.
También, la recuperación de un rol adulto de referencia, con contención, orientación y límites, en articulación entre familia y escuela, para construir redes de acompañamiento y prevención, en un contexto que genera miedo, angustia e incertidumbre y que exige revisar el lugar de los adultos en la vida de niños, niñas y adolescentes.
“El diálogo es fundamental. Es necesario generar espacios donde los adultos escuchen de verdad, sin dar órdenes ni bajar línea, con tiempo y atención, para que los adolescentes puedan expresarse. Muchas veces esos momentos aparecen de forma espontánea y no se validan, porque se interrumpe con consejos o respuestas antes de tiempo, lo que termina bloqueando la comunicación en lugar de sostenerla”.
Por último, resaltó la necesidad de que las familias se apoyen entre sí y en la escuela para reconstruir vínculos de confianza y sostener la crianza en un contexto que muchas veces las desborda.
Dispositivos y redes sociales
Siguiendo con los aportes, Carlos Vigo, doctor en Educación -autor de un libro sobre educación digital integral junto a Lucas Raspall y recientemente distinguido en la Feria Internacional del Libro-, consideró que estos episodios no se originan en las pantallas ni son hechos aislados, sino que reflejan un malestar más profundo vinculado al debilitamiento del lazo social.
También lo asoció a la forma en que los adolescentes construyen su identidad en un entorno atravesado por la inmediatez, la exposición y la búsqueda de pertenencia. Según puntualizó, las redes sociales no generan ese malestar, pero sí lo amplifican y aceleran su circulación, favoreciendo la propagación de estos comportamientos entre estudiantes y reforzando la necesidad de adultos presentes que acompañen, interpreten y brinden herramientas para comprender lo que consumen.
“Las redes sociales no son un factor externo, sino parte del entorno donde hoy se despliega la vida de los adolescentes, en el que lo digital y lo físico se superponen. Las plataformas no son neutrales, están diseñadas para captar atención y amplificar contenidos que movilizan emociones, lo que favorece la propagación de estos mensajes. Sin embargo, no generan el malestar, sino que lo aceleran y ofrecen guiones para expresarlo. Existe un fenómeno real de propagación entre estudiantes, vinculado a la búsqueda de pertenencia y a la adopción de formatos virales que homogeneizan la forma de expresar el sufrimiento. Por eso, el problema no puede pensarse sin el lazo social, ya que el adolescente que carece de adultos presentes y de espacios de contención es más vulnerable a apropiarse de estos contenidos”, sostuvo.
En relación con la respuesta institucional, el especialista hizo hincapié que la urgencia requiere protocolos claros, articulación con fuerzas de seguridad, comunicación precisa con las familias y resguardo de estudiantes y docentes. Limitar la intervención a la emergencia puede desdibujar el rol de la escuela, por lo que planteó la necesidad de recuperar su función central en la formación, el pensamiento crítico y la construcción de sentido.
En tal sentido, la generación de espacios de diálogo sobre lo que ocurre, el avance en una educación digital integral y el fortalecimiento de los vínculos cotidianos como base de contención.
“La regulación del uso del celular en la escuela ayuda y no alcanza: mejora la atención, los vínculos y la convivencia, pero la prohibición por sí sola es insuficiente. Como trabajamos en el libro con Lucas Raspall, el uso excesivo de pantallas expone a riesgos como el grooming, el ciberacoso, la sobreexposición, las apuestas online y el deterioro de la salud mental. El problema de fondo no está en el aparato, sino en haber delegado la formación en las plataformas, por lo que acompañar y educar resulta”.
Al finalizar, Vigo agregó que las familias no están solas y que resulta clave recuperar la presencia en la vida cotidiana de los hijos, con tiempo compartido, escucha y acompañamiento, en un contexto donde no todo puede delegarse en las pantallas.
Protocolos activados y operativos
Las amenazas de tiroteos en escuelas de Misiones comenzaron a visibilizarse a partir de pintadas en baños de distintos establecimientos educativos. Uno de los primeros casos se registró en el Centro Educativo Polimodal N° 4 de Posadas, donde apareció el mensaje “Mañana bautismo, tiroteo escolar”, lo que activó de inmediato los protocolos institucionales y la intervención del Servicio Provincial de Enseñanza Privada. A partir de ese hecho, se replicaron situaciones similares en otros colegios de la capital y del interior.
Con el correr de los días, los episodios se extendieron a localidades como Oberá, Garuhapé, Puerto Rico, Capioví, Eldorado, Montecarlo y San Pedro, donde también se denunciaron pintadas con mensajes intimidatorios en los sanitarios escolares. En Posadas, además, surgieron conversaciones en grupos de WhatsApp entre estudiantes en las que se proponía llevar armas de juguete “para asustar”, lo que incrementó la preocupación de las familias y motivó controles preventivos en los ingresos a las escuelas.
Hasta el viernes, se habían radicado al menos quince denuncias ante la Fiscalía de Instrucción de Menores de turno en Posadas. Los establecimientos activaron protocolos de actuación junto a la Policía de Misiones, que incluyeron operativos de revisión de mochilas, presencia de fuerzas de seguridad y allanamientos en distintas localidades, con secuestro de dispositivos electrónicos y otros elementos de interés para la investigación.
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