Iguazú (LaVozDeCataratas – Kelly Ferreyra) Mientras crece la discusión sobre los microeventos dentro del Parque Nacional Iguazú, hay un dato central que casi no aparece en el debate público: las actividades se desarrollan en apenas el 1% de las más de 67.000 hectáreas del área protegida.
El resto del Parque corresponde a selva protegida, de acceso restringido y con desafíos ambientales mucho más profundos y complejos. Sin embargo, la discusión parece concentrarse exclusivamente en el Área Cataratas, precisamente el sector preparado para recibir visitantes todos los días.
Un Parque certificado, no improvisado: Hay otro dato que se pasa por alto. El Parque Nacional Iguazú:
- cuenta con certificaciones internacionales de calidad como ISO 9001
- y obtuvo el sello Preferred by Nature, que valida prácticas de turismo sostenible a nivel global
Es una certificación respaldada por estándares internacionales que no se otorga a destinos sin control ambiental real.
La pregunta incómoda, entonces aparece una contradicción que merece ser planteada sin rodeos.
Si los microeventos:
- se realizan en espacios habilitados
- con grupos reducidos
- bajo reglas estrictas
- y con control operativo
¿Por qué el foco del debate está puesto ahí? ¿Por qué no vemos el mismo nivel de preocupación en las otras 67.000 hectáreas?, ¿Dónde están las discusiones sobre: caza furtiva? presión sobre biodiversidad? control territorial real?….
La 066 fue pensada en otro contexto. Es una norma diseñada para regular eventos de gran escala: actividades deportivas masivas, producciones comerciales, eventos que implican logística compleja y una alta concentración de personas. Por eso establece procesos largos, exigentes, con evaluaciones ambientales completas y plazos extensos de presentación. Es una herramienta válida, pero para otra categoría de actividad.

El problema aparece cuando se intenta aplicar esa misma lógica a todo.
Durante años, experiencias turísticas de pequeña escala, actividades guiadas o propuestas puntuales quedaron atrapadas en ese esquema. El resultado fue previsible: más burocracia, menos dinamismo y una dificultad concreta para adaptar la oferta turística a lo que hoy demanda el visitante.
El turismo cambió. Ya no se trata solo de recorrer un circuito, sino de vivir experiencias. Y eso exige flexibilidad, sin perder control. Ahí es donde aparece el modelo de microeventos. No como una excepción improvisada, sino como una respuesta técnica a una realidad concreta.
Los microeventos no son eventos masivos disfrazados. Son actividades de pequeña escala, con límites claros: grupos reducidos, en espacios ya habilitados para el uso público intensivo, como pasarelas y balcones. No se desarrollan en la selva ni en áreas sensibles. No implican estructuras, ni sonido amplificado, ni alteraciones del entorno. Y cuentan con la intervención de guías y prestadores habilitados.
Es decir, no se trata de flexibilizar sin control. Se trata de reconocer que hay actividades cuyo impacto es mínimo y gestionarlas como tales. Y aquí aparece una contradicción que merece ser puesta sobre la mesa.
Por esos mismos circuitos donde se cuestiona un microevento, circulan diariamente miles de visitantes. El flujo turístico en el Área Cataratas es permanente, intenso y masivo. Sin embargo, el foco del debate se posa sobre grupos pequeños, controlados, con reglas más estrictas que las del visitante común.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿dónde está realmente el impacto?
No se trata de minimizar la importancia de la conservación. Todo lo contrario. El Parque Nacional Iguazú es un área protegida y su preservación es prioritaria. Pero precisamente por eso, la gestión debe ser inteligente.

El esquema de microeventos no elimina controles. Los redefine. Establece condiciones previas que reducen el impacto desde el diseño mismo de la actividad. Limita la cantidad de participantes, restringe el uso del espacio, prohíbe elementos que puedan generar perturbación y obliga al cumplimiento de medidas ambientales específicas. Además, delega en la Intendencia del Parque la capacidad de autorizar, monitorear y, si es necesario, suspender cualquier actividad.
No es un sistema más laxo. Es un sistema más eficiente.
Plantear un regreso a la Resolución 066 como solución implica desconocer esa diferencia. Significa volver a un esquema pensado para grandes eventos y aplicarlo indiscriminadamente a todo. En la práctica, eso no mejora la conservación. Solo vuelve más lento, más rígido y menos competitivo al destino.
Porque hay otro elemento que no puede quedar afuera de esta discusión: Iguazú no está aislado. Es un destino binacional. Y del lado brasileño, la evolución del producto turístico es constante. Se incorporan experiencias, se diversifica la oferta, se generan propuestas que suman valor sin comprometer el entorno. La competencia no es teórica. Es diaria.
Si Iguazú decide cerrarse, restringir o retroceder, no va a proteger mejor su patrimonio. Va a perder posicionamiento y miles de trabajadores ligados al turismo también perderán.
También es importante decirlo con claridad: estas actividades no son nuevas. Se vienen desarrollando desde hace años, en espacios habilitados, con criterios de cuidado ambiental y con participación de actores del propio destino. Muchos de quienes hoy cuestionan este esquema han sido parte de esas experiencias.
Por eso, el debate no debería centrarse en prohibir o habilitar sin matices. Debería enfocarse en cómo mejorar los mecanismos de control, cómo garantizar el cumplimiento de las condiciones y cómo sostener un equilibrio entre conservación y desarrollo.
Es un tema que preocupa y que merece ser trabajado con responsabilidad. A nivel local, con las autoridades correspondientes, y también a nivel nacional, canalizando la discusión a través de las instituciones del sector turístico. El objetivo tiene que ser claro: encontrar una solución que contemple tanto la protección del Parque como la evolución de la actividad.
Pero hay algo que no debería estar en discusión. Volver a un modelo que no distingue escalas, que trata de la misma manera a un evento masivo y a una actividad de bajo impacto, no es avanzar. Es retroceder.
La conservación no se logra frenando todo. Se logra gestionando mejor. Y en ese camino, los microeventos no son el problema. Son parte de la respuesta.
*Kelly Ferreyra, Periodista. Diplomada en periodismo turístico. Directora de LaVozDeCataratas




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