Competir o hacer una travesía extrema al menos una vez en la vida suele ser el anhelo de muchos. Los mueve la adrenalina, las ganas de ir por más, de no conformarse, de superarse y romper límites personales. Este tipo de experiencias se vuelven, para muchos, un camino de ida, incluso una necesidad creciente. Pero, ¿qué los atrae a poner el cuerpo en juego? ¿Qué los impulsa a querer ir por más y a no conformarse?
“Los desafíos extremos tienen un secreto que va más allá de la exigencia física: son experiencias profundamente significativas y transformadoras que se pueden entender no solo desde el deporte, sino desde la relación de una persona con su historia, contexto y el momento en el que se encuentra”, comenta Sabina Rodríguez, psicóloga deportiva y corredora de distancias ultratrail (carreras de larga distancia en la montaña).
Para la profesional, estos desafíos funcionan muchas veces como “espacios donde el atleta puede redefinirse, salir de roles habituales y conectar con una versión más auténtica de sí mismo”. Profundiza: “En un mundo cada vez más estructurado y predecible, lo extremo ofrece algo escaso: incertidumbre real, presencia, desafío y sentido”.
Lelio De Crocci, profesor de educación física, head coach de running y experimentado montañista, está convencido de que el ser humano tiene un instinto de exploración innato “de salir a conocer y conquistar nuevos territorios”. Aunque también identifica otras razones detrás de la necesidad de ir por este tipo de desafíos deportivos: “Para muchos, tiene que ver con la superación personal y con alcanzar cierto grado de espiritualidad, de conexión con uno mismo”.
Sin embargo, se suele arrancar de a poco. Para De Crocci, se trata de un proceso progresivo que “requiere ir desbloqueando distancias y niveles”. Lo que al principio parecía imposible o inalcanzable, de a poco se empieza a transformar en algo natural. En este sentido, Rodríguez reflexiona que en este camino, lo que aparece es “un proceso progresivo de adaptación: lo que antes era el límite, de golpe deja de serlo. El atleta siente que cada vez puede más y aparece la sensación de autosuperación que lo impulsa hacia lo desconocido, hacia lo extremo”.
En este sentido, se puede decir que el deporte es un reflejo de la vida, ambos se entrelazan y potencian entre sí. “Cada desafío superado no solo deja una sensación de logro, sino que reorganiza la percepción de lo posible. Lo imposible se convierte en un nuevo “posible a alcanzar”, –dice Rodríguez–. En este contexto entra en juego algo clave que, en términos de esta profesional, tiene que ver con “la experiencia de la autoeficacia que incrementa la autoconfianza”. Así es como una persona “no es que busca más por exceso, sino porque su umbral ha cambiado”, aclara.
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El entrenamiento previo
En este camino de aventura extrema y superación personal, no hay dudas de que el entrenamiento físico es indispensable. Para la médica deportóloga Alejandra Hintze, quien también tiene en su lista de aventuras haber llegado a la cumbre del Aconcagua en 2018 acompañando como profesional de la salud a un grupo de 22 personas, uno de los factores más importantes para rendir en los entrenamientos cotidianos y llegar al día de la competencia en las mejores condiciones es lo que denomina “el entrenamiento invisible”. Un concepto referido a todo aquello que ocurre por fuera de la actividad física: el descanso, la alimentación y la recuperación.
Además, esta médica hace especial hincapié en la importancia de la constancia y la disciplina para mantener los hábitos saludables en el tiempo y perseguir ese objetivo propuesto sin distracciones. “Para muchos, la avidez por querer competir, ganar o llegar más lejos es tan fuerte que tienen la tenacidad de ir por más y no detenerse o distraerse en el camino”, sostiene la médica.
Pero además, estas personas esconden otro secreto: “Tienen una capacidad diferente de tolerar el dolor, la fatiga o la falta de aire”, comenta Hintze. Entonces, “que alguien logre correr a los 85 años o nadar en aguas heladas, por ejemplo, es porque tiene una percepción distinta a la del resto y la creencia de que lo pueden hacer”, dice la médica.
Y es en este punto donde aparece otra idea clave: “La mente también se entrena”, sostiene Rodríguez. Es que, en desafíos de alta exigencia, “no alcanza solo con llegar bien físicamente. Quien mejor llega es aquel que sabe qué hacer cuando las cosas se ponen difíciles porque, si bien puede haber malestar o dolor, lo importante es que no se convierta en sufrimiento psíquico”, explica la psicóloga deportiva.
Así como la preparación previa es innegociable, Hintze resalta que la recuperación posterior también ocupa un lugar central. “Después de un desafío de este tipo es importante evaluar cómo quedó el cuerpo y detectar posibles secuelas o desequilibrios”, concluye.
1) De Los Ángeles a Las Vegas corriendo

Juan Martín Barneda (31), Franco Impieri (31) y Ariel Nahmod (30) son tres amigos de la infancia, apasionados por el deporte, que en 2024 crearon Swag, con el objetivo de potenciar a las personas y a la comunidad a través del movimiento, organizando social runnings. Como su misión es predicar con el ejemplo, este año lo arrancaron con un objetivo ambicioso: completar corriendo los 550 kilómetros que separan Los Ángeles de Las Vegas.
Se trata de una carrera de ultradistancia por relevos y en equipos organizada por The Speed Project que se disputó en abril. Pero no es una competencia convencional; los equipos corren día y noche sin parar, cada uno diseña su propia ruta, plantea su estrategia y se brindan su propia asistencia.
“Para nosotros, más que una carrera fue una experiencia de vida que te exige y pone a prueba tanto física como mentalmente y te da la chance de estar conectado con uno mismo”, comenta Barneda y agrega: “Cumpliendo este desafío buscamos demostrar que la ultradistancia se puede vivir como una experiencia colectiva, donde nos apoyamos y empujamos entre todos”.
Pero no la corre cualquiera. La lista de participantes es acotada y exclusiva: hay que ser invitado por la organización y atravesar una serie de entrevistas que demuestren la pasión por esta actividad y que se está realmente preparado para hacerla. Estos tres amigos no fueron solos. Armaron un equipo de nueve corredores, que se dividieron en dos pelotones para optimizar la energía.
“Cada grupo hacía tiradas de entre 20 y 25 kilómetros antes de pasarle la posta al equipo siguiente y entre los integrantes corrían entre uno y dos kilómetros en función de la dificultad del terreno y el horario”, explica Nahmod. Además, los acompañaba un motorhome con un conductor designado para ello. Allí descansaba el equipo que estaba “libre”, preparaba la comida y hacía las tareas organizativas.
El recorrido no fue fácil. “Salimos desde el puerto de Santa Mónica en Los Ángeles. Entre semáforos y ruido, bordeamos la carretera 15 y nos metimos en el desierto, donde aparecieron el viento, el calor y las subidas. Incluso, tuvimos que llevar gas pimienta en la mano cada vez que corríamos por la posible presencia de perros salvajes”, detalla Impieri. Para este trío de amigos y emprendedores, el esfuerzo, la sensación de comunidad y el movimiento fueron la base de este desafío que atesorarán por siempre.
2) Mil kilómetros en bicicleta

En 2021, Ayelén Adan Tucker (34) se compró su primera bicicleta de ruta, impulsada por las ganas de encontrar una actividad recreativa que la ayudara a despejar la mente. Al principio salía a rodar sola, hasta que descubrió los grupos de entrenamiento de ciclismo y no dudó en sumarse a uno. Con el paso del tiempo, su entusiasmo fue en aumento mientras “adquiría más volumen de entrenamiento, disciplina y comenzaba a plantearme nuevos objetivos”, cuenta.
Hasta ahora, una de sus mayores hazañas fue BikingMan Brasil, en septiembre de 2024, una competencia de 1000 kilómetros en duplas alrededor del estado de San Pablo, con un desnivel total acumulado de 18.000 metros y un tiempo límite de 120 horas para completarla. “Fue mi primera carrera de ultraciclismo y un desafío enorme. Tardamos 104 horas y nos llevamos el segundo puesto en duplas”, cuenta.
En esta competencia, cada ciclista debe cargar sus pertenencias: ropa, herramientas y comida en bolsos específicos para colocar en la bici, y descargar el mapa del recorrido en el ciclocomputador –un dispositivo que se coloca en el manillar de la bicicleta– ya que no hay asistencia por parte de la organización.
El terreno fue exigente. “Había subidas y bajadas constantes combinadas con tramos técnicos y otros más rodadores”, recuerda. El primer día, largaron a las cinco de la mañana y, alrededor de las tres de la tarde, se perdieron. “Estuvimos dos horas circulando fuera de la ruta sin darnos cuenta porque el navegador no nos tomó bien el recorrido”, agrega.
Sobre las sensaciones que vivió durante la carrera, asegura que hubo momentos de enorme disfrute, sobre todo cuando “lográs conectar con el entorno y atravesar paisajes increíbles que quizás de otra manera no accederías”. Sin embargo, reconoce que la dificultad aparece cuando “surgen la fatiga acumulada, el sueño y la necesidad de tomar decisiones lúcidas en condiciones de cansancio extremo”, sostiene.
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Una de sus principales reflexiones tiene que ver con la sensación de libertad y el nivel de concentración que encuentra arriba de la bicicleta. “Es uno de los pocos momentos en los que estoy conectada con lo que pasa alrededor y conmigo misma”, dice. En este tipo de distancias, “tener una estrategia de carrera es fundamental. Igualmente, siempre hay imprevistos y uno tiene que estar preparado para afrontarlos”, concluye.
3) Una carrera de noche en la montaña

Valentina Dold (30) es fanática del trail running. En abril corrió los 110 kilómetros del Patagonia Run, en San Martín de los Andes, con una altimetría acumulada, entre subidas y bajadas, de 6000 metros. Según cuenta, fue una experiencia que “me marcó de lleno”.
Completó la carrera en menos de 30 horas: largó un viernes a las 20 y llegó el sábado unos minutos antes de las 16. Corrió sin parar durante toda la noche, en un silencio absoluto, y vio el amanecer mientras atravesaba un lago helado con el agua hasta la cintura. En el camino conoció gente con la que compartió algunos kilómetros.
“Tomé la decisión de hacer esta carrera con todos los miedos que conlleva. Si bien ya había corrido distancias de 70 y 90 kilómetros y estoy acostumbrada a las pruebas ultra en montaña, en el running uno normaliza las distancias a medida que las desbloquea y pierde la dimensión de lo difíciles que son”, reflexiona Dold, quien asegura que volvería a repetir la experiencia.
Los meses previos fueron de una intensa preparación, con entrenamientos de cuestas y sesiones de subir y bajar escaleras durante dos e incluso tres horas seguidas. Sin embargo, asegura que el aspecto mental también fue clave. “Me preparé con mucha seriedad y con la responsabilidad que implica este tipo de desafíos; al mismo tiempo, pude disfrutarlo. También aprendí a darle importancia al descanso e hice un trabajo de visualización de la llegada”, comenta Dold y agrega: “A este tipo de distancias hay que tenerles mucho respeto. Mi premisa fue: ‘no me quiero romper, me quiero superar’”.
Para esta deportista, uno de los momentos memorables de la carrera fue correr de noche, con “el cielo totalmente estrellado y la luna iluminando el camino”, recuerda. Además, asegura que el clima acompañó de la mejor manera. “La sensación que tuve fue la de una niña corriendo por el bosque”, cuenta.
Aunque el cansancio también se hizo notar. “Tuve una caída de energía por la falta de sueño y sentí realmente hambre”, confiesa Dold. Y suma que su verdadera carrera empezó en el kilómetro 80, cuando se torció el tobillo en pleno descenso de la última bajada del circuito.
Como reflexión final sostiene: “Estas carreras de larga distancia me ayudan a ver la vida en perspectiva, me humanizan. Me resultan terapéuticas, introspectivas y me dan una cuota de seguridad y confianza”.
4) Navegar hasta el fin del mundo

El viaje a la Antártida que hizo Sebastián Iut en enero de este año, a bordo de su velero, se suma a una extensa lista de destinos recorridos por el mar. “Pasar días e incluso semanas en el medio del océano te obliga a bajar las revoluciones, lográs conectar con uno mismo y con lo indispensable de la vida. Siempre volvés siendo otra persona”, dice este navegante de 51 años.
La travesía por la Antártida la compartió con un grupo de cinco personas de distintas nacionalidades. Partieron de Ushuaia el 5 de enero e hicieron una primera escala en Puerto Williams, Chile. Desde allí se dirigieron hacia el temido Cabo de Hornos, considerado uno de los grandes hitos de la navegación. “Luego encaramos directo para la península Antártida, pero antes tuvimos que atravesar el pasaje de Drake, que es una de las partes más críticas del recorrido. Nos llevó cuatro días. Por suerte tuvimos una meteorología bárbara: fue un cruce muy tranquilo, de hecho, tuvimos que hacerlo casi todo a motor”, cuenta.
Durante su estadía de 18 días en el Continente Blanco, visitaron algunas bases científicas internacionales, además de pingüineras y zonas de elefantes marinos. La vuelta “no fue tan tranquila como la ida”, confiesa Iut.
“La parte más complicada fue una noche llegando a Cabo de Hornos, cuando el viento empezó a soplar a 47 nudos (alrededor de 95 kilómetros por hora). Había mucho oleaje y no veíamos nada”, relata. Frente a este escenario, decidieron realizar una maniobra conocida como “poner el barco a la capa”, muy utilizada durante temporales. “Consiste en ubicar el timón hacia un lado y la vela hacia el otro para que la embarcación quede en diagonal respecto a las olas, en una posición segura y estable”. La maniobra se extendió durante cinco horas. Mientras tanto, “te ubicás adentro, en un lugar seguro e intentás descansar”, agrega Iut.
A la mañana siguiente, cuando las aguas se calmaron, retomaron la navegación, atravesaron nuevamente Cabo de Hornos, el canal de Beagle y llegaron finalmente a Ushuaia. Después, continuaron un mes más hasta Buenos Aires con varias paradas en el camino.
“Navegar es duro, es difícil, dormís poco y por momentos es incómodo, pero si estás bien preparado y tenés experiencia, no es inseguro”, admite Iut y destaca que una de las cosas que más valora es que “conocés culturas nuevas, lugares fuera del circuito turístico tradicional y aprendés a respetar la inmensidad de la naturaleza”.





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