Una cocina no se diseña a partir de los electrodomésticos, sino de la vida que va a desarrollarse en ella. Antes de decidir dónde colocar el frigorífico, la placa o el horno, conviene analizar quién utilizará el espacio, qué tipo de comidas prepara, cuánto tiempo pasa en casa y cómo organiza la compra, la limpieza y el almacenamiento. “A mí, una cocina no se diseña empezando por los electrodomésticos. Primero hay que entender cómo se va a vivir”, afirma la interiorista Montse Morales.
En una estancia de apenas 4 o 5 metros cuadrados, esta forma de plantear el proyecto resulta decisiva. No se trata de acumular aparatos, sino de elegir los que respondan a las rutinas de quienes viven en la casa y distribuirlos sin obstaculizar el trabajo diario. “Cuando diseño una cocina pienso en las escenas de vida que van a suceder en ella: quién la utiliza, cómo empieza el día, qué se cocina, cuánto tiempo se pasa allí, si se come en casa, si se recibe a otras personas, cómo se recoge y cómo se guarda después”, explica.
No se trata de acumular aparatos, sino de elegir los que respondan a las rutinas. Foto: IG/directoracreativa
Cuatro elementos básicos
En una cocina de 4 o 5 metros cuadrados, Morales considera fundamentales el frigorífico, la placa de cocción, el fregadero y el microondas. El lavavajillas puede incorporarse siempre que encaje con las rutinas de quienes viven en la casa. “En una cocina de 4 o 5 m², para mí hay cuatro elementos fundamentales: frigorífico, placa de cocción, fregadero y microondas. Después incorporaría el lavavajillas siempre que forme parte de la manera habitual de vivir la cocina”, señala.
La elección depende de los hábitos. Una persona que vive sola puede cocinar para varios días o recurrir con frecuencia a alimentos preparados, mientras que una familia necesitará probablemente más capacidad de refrigeración y lavado. También el congelador puede resultar determinante para quienes hacen una compra semanal.
La placa debe responder al modo de cocinar y al mantenimiento que se está dispuesto a asumir. No es lo mismo utilizar a diario varias zonas de cocción que preparar comidas sencillas o recurrir a soluciones rápidas. En este contexto, la decisión entre gas e inducción no es solo técnica o estética.
La placa debe responder al modo de cocinar y al mantenimiento que se está dispuesto a asumir. Foto: IG/directoracreativa
En cuanto al fregadero, la interiorista suele preferir un único seno amplio antes que dos pequeños. “En una cocina de estas dimensiones normalmente optaría por un solo seno, pero generoso”, apunta.
Integrar para aligerar
En espacios estrechos, los electrodomésticos vistos pueden fragmentar la composición y acentuar la sensación de falta de espacio. Por eso, Morales suele recurrir a modelos integrados o panelados. “Al desaparecer visualmente dentro del mobiliario, la cocina se percibe más continua, más ordenada y, por tanto, más amplia”, explica.
Esta estrategia puede aplicarse también a la campana extractora. Además de los modelos convencionales, existen versiones integradas en los muebles, telescópicas o incorporadas en la propia placa de cocción. Algunas permanecen ocultas hasta el momento de utilizarlas. “Cuanto menos fragmentamos visualmente una cocina pequeña, más limpia y amplia puede parecer”, sostiene la interiorista.
El frigorífico ofrece otras posibilidades. Foto: IG/directoracreativa
El frigorífico ofrece otras posibilidades. En cocinas muy ajustadas pueden instalarse módulos de refrigeración bajo encimera, incluso en formato de cajón. Morales ha utilizado esta solución en una vivienda de Menorca, donde colocó dos módulos independientes. “Al eliminar el volumen vertical del frigorífico convencional, conseguíamos una cocina visualmente mucho más limpia y recuperábamos superficie de trabajo”, recuerda.
Electrodomésticos de varios usos
El formato también puede adaptarse a la frecuencia con la que se utiliza cada aparato. Un lavavajillas de 45 centímetros puede ser suficiente para una persona o una pareja. En una familia que cocina a diario, en cambio, Morales mantendría el ancho convencional de 60 centímetros para no sacrificar capacidad.
Con el horno sucede algo parecido. Si forma parte habitual de la cocina, merece la pena reservarle un espacio propio. Cuando se utiliza de manera ocasional, puede sustituirse por un modelo compacto o por un horno con función de microondas. “Si su uso es ocasional, podemos recurrir a un horno compacto o a un horno con función microondas, evitando tener dos aparatos independientes”, explica.
También es posible reducir la superficie destinada a la placa. Foto: IG/directoracreativa
También es posible reducir la superficie destinada a la placa. Los modelos de dos zonas pueden resolver las necesidades de una persona o una pareja, mientras que las placas modulares permiten combinar inducción, gas o plancha en función de las preferencias de quien cocina.
La encimera, una zona de trabajo
“En una cocina pequeña, la encimera es una de las superficies más valiosas”, afirma Morales. Por eso, antes de dejar sobre ella un robot de cocina, una batidora o una cafetera, conviene valorar cuánto se utilizan y si necesitan estar siempre conectados. Los aparatos de uso esporádico pueden guardarse en una despensa o en un armario menos accesible. Los de utilización diaria, en cambio, necesitan una ubicación cómoda y bien resuelta.
Para la cafetera, por ejemplo, propone crear una zona de desayunador con enchufes y una puerta escamoteable. De este modo, el aparato permanece disponible durante el uso, pero desaparece cuando la actividad termina. “Para los aparatos que sí utilizamos continuamente, como una cafetera, me gusta crear una zona de trabajo específica”, añade.
La ubicación también influye en el mantenimiento. Los pequeños aparatos no deberían situarse junto a la zona de cocción, donde estarían expuestos a grasa y salpicaduras. La solución final dependerá, además, del estilo de la vivienda: algunos objetos pueden formar parte de una cocina rural o tradicional, mientras que en una composición contemporánea se buscará probablemente una imagen más despejada.
La ubicación también influye en el mantenimiento. Foto: IG/directoracreativa
“No se trata de esconder todos los electrodomésticos, sino de decidir cuáles necesitan estar a mano, cuáles necesitan estar conectados y cuáles simplemente necesitan tener un buen lugar donde vivir”, resume.
Almacenamiento sin saturar
A la hora de elegir entre un electrodoméstico y un armario, Morales propone identificar primero las funciones que debe cubrir la cocina: cocinar, conservar, almacenar y limpiar. “El almacenamiento es especialmente importante en una cocina pequeña, pero no siempre tiene que resolverse con grandes volúmenes de armarios”, señala.
Una opción consiste en aprovechar la altura y llevar los muebles hasta el techo. Las partes superiores pueden reservarse para los utensilios que se utilizan con menos frecuencia. Sin embargo, llenar todas las paredes con módulos altos puede hacer que la estancia resulte pesada.
En esos casos, las estanterías abiertas aportan ligereza visual y profundidad. También pueden instalarse despensas estrechas junto al frigorífico o en zonas de paso. Morales plantea módulos de entre 30 y 35 centímetros de ancho, con cajones extraíbles, o armarios de unos 15 centímetros de profundidad. “Prefiero este tipo de soluciones a las estanterías muy profundas, porque permiten ver todo lo que tenemos y evitar que los productos queden olvidados”, explica.
La prioridad dependerá de los hábitos. Quien come habitualmente fuera puede necesitar menos capacidad de almacenaje y preferir un lavavajillas. Quien cocina cada día y realiza una compra semanal valorará más una despensa funcional y un frigorífico con congelador.
Montse Morales, diseñadora de interiores. Foto: IG/directoracreativa
Más superficie sin ampliar
Ganar espacio de trabajo no siempre exige hacer obras. Integrar el microondas, colocar el horno bajo la placa o elegir un fregadero ajustado a las dimensiones disponibles permite recuperar parte de la encimera.
También pueden incorporarse tablas sobre el fregadero, extensiones que salgan de debajo de la encimera o mesas abatibles fijadas a la pared. “Una pieza que salga de debajo de la encimera, una tabla sobre el fregadero o incluso una mesa abatible a la pared, que al abrirse quede a la misma altura que la encimera”, propone Morales.
Cuando la distribución lo permite, una isla de 70 u 80 centímetros de profundidad puede prolongarse con una mesa. Esta superficie sirve para comer y, durante la preparación de los alimentos, amplía la zona de trabajo.
La luz contribuye igualmente a mejorar la percepción del espacio. La interiorista recomienda no bloquear la entrada de luz natural y utilizar una iluminación artificial combinada: general para toda la estancia y puntual sobre las superficies de trabajo. “La iluminación no solo sirve para ver mejor: puede crear profundidad y hacer que el espacio se perciba más amplio”, afirma.
Abrir la cocina al salón-comedor puede cambiar por completo la relación con el resto de la vivienda. La estancia deja de percibirse como un espacio aislado y pasa a formar parte de una zona común más amplia. “No se trata simplemente de poner menos cosas, sino de estudiar la arquitectura del mobiliario, la luz y la relación con los espacios contiguos”, añade.
Abrir la cocina al salón-comedor puede cambiar por completo la relación con el resto de la vivienda. Foto: IG/directoracreativa
El error de querer meterlo todo
Una buena distribución debe prever tanto los recorridos habituales como la apertura de puertas y cajones. No basta con comprobar que los electrodomésticos caben: hay que asegurarse de que pueden utilizarse sin bloquear el paso ni interrumpir otras tareas.
Morales pone como ejemplo el lavavajillas: “No debería colocarse de manera que, al abrirlo, bloquee la zona de trabajo o la circulación”. La misma comprobación debe hacerse con el horno y el frigorífico. La distribución también debería contemplar la posibilidad de que dos personas trabajen al mismo tiempo en la cocina, cuando las dimensiones lo permitan. El otro error frecuente es intentar instalar demasiados aparatos. “Podemos tener muchas necesidades, aparatos que nos gustan y cosas que nos hace ilusión tener, pero una cocina pequeña también nos obliga a ser realistas”.
La propuesta de Montse Morales puede resumirse en una idea sencilla. Foto: IG/directoracreativa
Un diseño que pueda cambiar
Si tuviera que proyectar una cocina de 5 metros cuadrados para alguien que cocina a diario, Morales empezaría por conocer sus rutinas: qué prepara, cuánto tiempo tiene, con qué frecuencia compra, para cuántas personas cocina y qué aparatos utiliza de verdad. A partir de ahí, plantearía los electrodomésticos y la distribución. “No se trata únicamente de que los aparatos quepan, sino de que podamos utilizarlos sin interferir con el resto de la cocina”.
La propuesta de Montse Morales puede resumirse en una idea sencilla: una cocina pequeña no debe aspirar a contenerlo todo, sino a responder con precisión a la vida de quienes la utilizan. “Primero imagino cómo se va a vivir esa cocina; después decido qué electrodomésticos necesita y dónde debe estar cada uno”.
Irene Marsal
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