Francisco Oliverio, asesor de la Fundación Producir Conservando, recogió en una nota en La Nación la experiencia de la visita de un grupo de productores y técnicos al complejo lechero de Mike McCloskey en Fair Oaks, Indiana, muy cerca de Chicago.
El artículo deja mucha tela para cortar. Su última innovación es un nuevo sistema de recuperación del estiércol, que incorpora novedades muy fuertes respecto a lo que se conoce ya en el país. El foco ahora no es solo generar energía, sino en la recuperación y transformación de los efluentes en nuevas fórmulas de fertilizantes como el nitrato de amonio. El nombre de la tecnología es “Varcor”, un acrónimo en inglés para Vapor Recompression with Concentration and Recovery (Recompresión de Vapor con Concentración y Recuperación). La empresa que lo desarrolló y lo instaló en Fair Oaks es Sedron Technologies.
Funciona así: el estiércol de los galpones se bombea a través de tuberías hasta un biodigestor que genera biogás (utilizado para generar energía o combustible limpio). Del efluente resultante del digestor se separa la fibra larga, que se seca para ser reutilizada como cama seca para las vacas.
El líquido remanente entra al sistema Varcor. Funciona bajo un principio físico similar al de las plantas de leche en polvo: evapora el líquido utilizando calor de manera sumamente eficiente (consumiendo hasta un 95% menos energía eléctrica que los métodos térmicos convencionales) y separa sus componentes sin requerir polímeros ni floculantes químicos. Es costosísima, pero la empresa Sedron se hizo cargo de la inversión, a cambio de comercializar los fertilizantes obtenidos. Interesante modelo de negocios.
McCloskey ha venido varias veces a la Argentina y ha inspirado a varios de los grandes proyectos tamberos que están cambiando la fisonomía del tambo en la Argentina. Una potente transformación, que aprovecha todos los atributos de la tecnología generada en esta Segunda Revolución de las Pampas.
Desde la siembra directa, la nutrición razonada de los cultivos, como base de la alimentación. Y una clara tendencia a independizar a la vaca (transformadora de productos de la fotosíntesis en leche) de la dependencia del pasto de cada día. Suena paradójico: poner la vaca en un establo confortable y darle de comer lo que la ciencia manda significa liberarla del yugo de tener que ir a comer lo que hay en cada momento, lo que obliga a manejarse con “reservas forrajeras”.
El concepto de “reserva forrajera” es el acompañante natural de pastoreo. Pero a medida que el tambo busca aprovechar el salto tecnológico de la agricultura, cobra valor el criterio de “base forrajera”. En los tambos de McCloskey y en la mayor parte de los tambos argentinos, el silaje de maíz se ha convertido en la base de la alimentación, aportando más del 50% de la dieta y durante todo el año.
Lo bueno es que estamos en carrera. Ya hablamos bastante de los tambos de Adecoagro en Christophersen, con su primer biodigestor inaugurado hace ocho años. Siguieron creciendo, hasta las 15.000 vacas en cuatro módulos de hoy.
Recuerdo aquel famoso viaje del CREA Lincoln Tambero, en 1993. Habíamos arrancado en Gainesville, en el norte del estado de Florida, donde teníamos contacto con Irene Fiorito, una argentina que estaba haciendo su doctorado en la Universidad local. Ella nos armó una presentación de los expertos en tambo. El grupo quedó desconcertado, porque el sistema de megatambos estabulados no tenía nada que ver con el sistema pastoril predominante en el CREA. Ahora, Rafael Llorente y su familia ha instalado un sistema de “free stall” (estabulación libre) en la tradicional Mitikile de Arenaza.
Y no están solos. Arenaza se está convirtiendo en un polo de alta tecnología en tambo. Y lo mismo sucede en la cuenca de Villa María, en Trenque Lauquen, en el centro oeste de Santa Fe. Una profunda transformación que, a la luz de lo que nos muestra hoy McCloskey, parece que tiene mucho recorrido por delante. Como que siempre da para otro hervor…





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