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    La nacion

    Una familia de locos

    1 de marzo de 20268 Mins Read
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    Mi hermana Carolina, dos años mayor que yo, avezada inversionista, adicta al dinero, está enojada porque no le he regalado mi más reciente novela “Los golpistas”. Su enfado me ha sorprendido gratamente, pues no imaginé que ella tendría curiosidad por leer esa novela, o alguna de mis novelas. Quiero decir, nunca le he regalado mis libros, y no por mala leche o rencor justiciero, sino porque ella no perdería su tiempo leyéndolos. Sin embargo, ahora ha protestado porque he obsequiado mi nueva novela a todos mis hermanos, siete varones en perfecto estado atlético, y en permanente estado de gracia, pero no a ella, de pronto interesada en mis desvaríos literarios, y ya no tanto en las erráticas fluctuaciones de la Bolsa de Valores, donde se juega la vida entera.

    Según he sabido por intrigas familiares que vuelan mucho más deprisa que los aviones, mi madre Dorita, una santa, a pocas semanas de cumplir ochenta y seis años, se ha reconciliado con Carolina, su única hija viva, después de una guerra fría entre ambas que ha durado años, y me ha dejado saber, por apremiantes mensajes de voz enviados al celular de mi esposa, que he obrado mal al no regalarle un ejemplar de “Los golpistas” a mi hermana Carolina, y que, al privarla de ese obsequio de dudoso valor, la he humillado y discriminado, y que, para resarcirla del daño que le he infligido, debo hacerle llegar no tan solo un libro, sino unos cinco o seis, de modo que Carolina pueda repartirlos como fruta fresca entre sus amigas y sus amantes.

    No fue olvido ni descuido por mi parte que no le remitiera la novela de marras a mi hermana. Fue una decisión cierta y segura, exenta de dudas. Pensé: Carolina no lee novelas, no tiene sentido que le sugiera leer mi novela, no la leerá, se la regalará a un enemigo. Pero, sobre todo, pensé: Carolina no merece ese regalo ni ninguno por la guerra fría que le declaró a nuestra madre. Al pensar esas cosas, yo asumía que dichas refriegas y escaramuzas continuaban y que mi madre y mi hermana no se veían ni se hablaban hacía mucho tiempo. Mal informado, me dije a mí mismo: probablemente la última vez que se vieron y hablaron fue en casa de mi madre, hace unos años, durante el velorio de mi hermana poeta, quien murió atropellada, montando en bicicleta. En aquella ocasión, mi madre Dorita le dijo a mi hermana Carolina, a unos pasos del cuerpo sin vida de la poeta, que, por respeto a la memoria de aquella hermana tempranamente fallecida, debía retirar los juicios a la familia, unos juicios que Carolina había entablado a nuestra madre y a uno de nuestros hermanos, reclamándoles sin fundamento ni justificación unos dineros. Insensible a esos ruegos, Carolina dijo que no retiraría las demandas y litigaría hasta obtener las cuantiosas compensaciones económicas que exigía. Pensó que ganaría sus juicios. Los perdió todos.

    Debido a ello, recordando las felonías que, por pura codicia, Carolina se había permitido contra nuestra madre, y contra la familia en general, donde ya no contaba con un solo aliado, ni siquiera yo mismo, que de niño tanto la había querido, no se me pasó por la cabeza enviarle “Los golpistas” a mi hermana alevosa, conspiradora, ávida de capturar unos dineros que no le correspondían. Por respeto y lealtad a mi madre, a quien debo todo lo que soy, y casi todo lo que poseo, pensé que no debía recompensar la conducta desagradecida de mi hermana. Sin embargo, ahora era mi propia madre Dorita quien, en condolidos mensajes de voz enviados a mi esposa, me reñía por haber ninguneado a Carolina y me pedía amorosamente que le regalara la novela a mi hermana, a fin de corregir el feo que le había hecho.

    Parecía una decisión sencilla: si mi madre me pedía que le mandase un libro a Carolina, y Carolina decía que se moría de ganas de leerlo, no perdía nada despachando el libro por correo, o pidiéndoles a mis editores en aquella ciudad, la ciudad del polvo y la niebla, que dejaran unos ejemplares de la novela en casa de mi hermana insatisfecha. Después de todo, seguramente era bueno para mi madre Dorita hacer las paces con su hija, y también era bueno para la díscola Carolina estar en términos amistosos con nuestra madre. No me correspondía echar más leña al fuego, estando apagado el incendio. Bien miradas las cosas, regalarle una novela a mi hermana era respetar la voluntad de nuestra madre. No obstante, antes de tomar la decisión, consulté con mi esposa y algunos de mis hermanos, y la verdad es que Carolina no obtuvo un solo voto a su favor. Todos opinaron que ella no tenía interés en leerme y que su treta consistía en victimizarse ante nuestra madre, manipular sus sentimientos e inspirarle lástima para obtener más dinero de ella. Así las cosas, ya no era una decisión tan simple: la voluntad de mi madre entraba en conflicto con la de mi esposa, y yo duermo con mi esposa, no con mi madre. Por eso resolví aplazar la decisión, posponer las cosas hasta nuestra visita, en apenas dos semanas, a la ciudad del polvo y la niebla, donde una de mis hijas habrá de casarse, o de seguir casándose, porque ya se casó en Nueva York, pero ahora se casará también en Lima, por suerte con el mismo señor. Pensé: estando en Lima, encontraré la manera discreta de darle a mi madre un ejemplar de “Los golpistas” para que ella se lo entregue a Carolina, sin que mi esposa y mis hermanos se enteren.

    No sospechaba, tonto yo, que surgiría otro problema familiar, un lío más gordo todavía. Vine a enterarme de ese enredo porque mi madre Dorita envió una retahíla de mensajes de voz a mi esposa, cuyos registros variaban de la tristeza a la indignación, diciendo que era una barbaridad que mi hija ennoviada no hubiese invitado a su fiesta nupcial a mi hermana Carolina. Según reprochó mi madre a mi esposa, yo tenía la culpa de que mi hija no hubiese invitado a Carolina, y sí a mis hermanos. Sorprendida, mi esposa me preguntó si yo había vetado a Carolina en la lista de invitados. Me defendí débilmente, diciendo que yo no tenía la culpa de nada. Luego revisé mis correos y comprobé que, cuando mi hija me preguntó a qué personas de mi familia debía invitar, le escribí: A mi madre y a mis hermanos, pero en ningún caso a Carolina, que está peleada con toda la familia. Es decir que, en tan corto tiempo, yo le había hecho dos desaires a mi hermana: uno, no regalarle mi novela, y otro, no invitarla a la fiesta.

    Peor todavía, Carolina le recordó a nuestra madre Dorita que ella era la madrina de mi hija casamentera. Dijo sentirse rebajada, humillada, discriminada: ¿cómo no va a invitarme a su matrimonio, si soy su madrina? Yo había olvidado que Carolina era la madrina de mi hija, no solo porque ya no me acuerdo de nada, sino porque, descreído, no quise asistir a ese bautismo, y fue la bella Sandra, entonces mi esposa, quien eligió que mi hermana Carolina fuese la madrina. Me sentí fatal porque, siendo la madrina, o haciéndose la madrina, era comprensible que Carolina quisiera estar en la boda de su ahijada, y yo había conspirado de modo innoble contra ella, alejándola del sarao, sabiendo que mi hermana se desvivía por las cuchipandas, especialmente aquellas que no pagaba. Así las cosas, las guerrillas familiares escalaron, pues mi madre, humana al fin, aparcó por un momento su conducta piadosa, llamó por teléfono a mi exesposa Sandra y le espetó un rosario de puteadas y carajeadas, exigiéndole que invitásemos a la pobre Carolina. Impávida, mi exesposa no se dejó arredrar, se puso firme y dijo que yo mismo había pedido que Carolina no fuese invitada, lo cual era cierto. Finalmente, mi madre llamó a mi esposa y le dijo que, si yo era un caballero, un hombre de honor, lo que desde luego no soy ni he sido nunca, debería sentir el deber moral de convidar a Carolina a la fiesta de mi hija. Pero no contaba mi madre con la respuesta de mi esposa: Si Carolina va a la fiesta, ninguno de sus hijos irá, señora Dorita.

    Sin saber qué demonios hacer, tuve entonces la mala idea de escribirle a mi hija desposada, preguntándole si era cierto que Carolina era su madrina, si había ejercido ese madrinazgo con generosidad o había sido una madrina ausente, y si podía invitarla tardíamente a su casamiento. La respuesta de mi hija fue irrefutable: Todos en tu familia están locos.

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