La histórica relación de los argentinos con la carne vacuna atraviesa uno de sus momentos más delicados. Mientras los precios continúan en alza y superan ampliamente la inflación, cada vez más familias reducen las compras, eligen cortes más económicos o directamente reemplazan la carne por pollo y cerdo para poder llegar a fin de mes.
De acuerdo a distintos relevamientos del sector, el precio de la carne registró aumentos superiores al 60% en el último año, una suba que impactó de lleno en el consumo interno. La caída ya ronda el 10% y se ubica entre las más fuertes de los últimos años, en un contexto donde el poder adquisitivo continúa deteriorado.
En carnicerías y supermercados el cambio ya se hace evidente. Muchos consumidores dejaron de comprar cortes tradicionales y comenzaron a optar por opciones más “rendidoras”, mientras otros reducen la frecuencia con la que incluyen carne vacuna en sus comidas. La situación golpea especialmente a familias numerosas y trabajadores con ingresos fijos.
Desde el sector cárnico advierten que el aumento responde a una combinación de factores: suba en los costos de producción, transporte, alimentación del ganado, impuestos y menor oferta en el mercado. A esto se suma la presión de las exportaciones y el movimiento de precios en el Mercado de Cañuelas, que repercute directamente en las góndolas.
Carniceros consultados señalaron además que las ventas vienen mostrando una fuerte desaceleración. En muchos comercios aseguran que los clientes compran “lo justo y necesario” y que ya casi no se llevan grandes cantidades como ocurría años atrás.
El escenario también refleja un cambio cultural en la mesa argentina. El pollo y el cerdo ganan cada vez más espacio por sus precios más accesibles, mientras la carne vacuna comienza a convertirse en un producto de consumo más limitado para amplios sectores de la población.
Con precios que continúan en tensión y salarios que no logran acompañar, el consumo de carne vacuna enfrenta un escenario de incertidumbre. Lo que durante décadas fue un símbolo cotidiano de la mesa argentina hoy empieza a transformarse en un lujo difícil de sostener.




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