A los 13 años, apenas alcanzando los pedales de un Mehari, Luly Dietrich manejó por primera vez. Su padre le enseñaba mientras ella absorbía algo que en ese momento parecía natural, aunque años después entendería que había definido gran parte de su vida. Los autos estaban presentes en cada conversación familiar, en la mesa, en las anécdotas, en la dinámica cotidiana. Pero la escena que más la marcó sucedía del otro lado, viendo a su madre manejar con absoluta naturalidad, moverse sola, resolver, ir y venir sin depender de nadie. Mucho antes de pensar en convertir eso en un proyecto, ya asociaba el volante con algo mucho más profundo que trasladarse de un punto a otro.
“Desde muy chica los autos fueron parte de mi vida. En mi casa siempre se hablaba del mundo motor, pero además veía todo lo que mi mamá podía hacer gracias a manejar. Muy temprano entendí que el auto era una herramienta de libertad”, recuerda. La relación fue tan inmediata que apenas cumplió 18 salió a sacar la licencia de conducir. Lo que jamás imaginó era que esa experiencia cotidiana terminaría convirtiéndose, años más tarde, en el centro de una transformación personal y colectiva.
“Sentía que estaba funcionando en automático, necesitaba entender qué quería hacer”
El origen de Mujeres al Volante aparece lejos de cualquier estrategia empresarial. Surge, en realidad, en uno de los momentos más difíciles de su vida. “En 2009 yo era directora de comunicaciones del grupo Dietrich y estaba atravesando una revolución personal muy fuerte”, cuenta. Mientras transitaba tratamientos para volver a ser madre, empezó a hacerse preguntas incómodas sobre la vida que llevaba, los roles que ocupaba y el sentido de todo aquello que había construido hasta entonces. “Sentía que estaba funcionando en automático. Había algo que ya no me alcanzaba y necesitaba entender qué quería hacer realmente con mi vida”.
Ese proceso coincidió con otra decisión dolorosa, dejar atrás la búsqueda de un nuevo embarazo. El vacío que dejó esa renuncia terminó funcionando como un punto de inflexión inesperado. “En algún lugar sentí que nació otra hija. Mujeres al Volante apareció desde un espacio muy genuino, muy conectado con la necesidad de transformar algo personal en algo que pudiera servirle a otras personas”, explica.
La idea empezó a ordenarse alrededor de una certeza sencilla. “Cada vez que me preguntaba qué era lo que realmente amaba, llegaba siempre a lo mismo, me gusta ser mujer y me gusta manejar”. A partir de ahí apareció una intuición que después se transformaría en proyecto, para muchísimas mujeres el manejo seguía siendo un territorio atravesado por inseguridades, dependencia y miedo.
“Solo el 24% de las mujeres tenía licencia de conducir”
En aquel momento apenas el 24% de las mujeres tenía licencia de conducir en la Argentina. Hoy ese número asciende al 35%, según datos de la Agencia Nacional de Seguridad Vial. Para Dietrich, el gran quiebre cultural llegó después de la pandemia, cuando muchas mujeres necesitaron ganar autonomía frente a las limitaciones del transporte público. “Creo que cuando una mujer empieza a manejar también cambia la relación con ella misma. Aparece otra seguridad, otra confianza, otra manera de habitar el mundo”, sostiene.
Con el tiempo, Mujeres al Volante dejó de ser solamente una comunidad vinculada al manejo. Se transformó en un espacio centrado en la autonomía, la confianza y la relación emocional con el auto. Talleres, encuentros y experiencias alrededor del miedo empezaron a exponer una problemática mucho más profunda que la dificultad técnica de conducir. “El problema casi nunca es manejar. Lo que aparece son historias, mandatos, inseguridades, experiencias que fueron dejando marcas”, explica.
Ese descubrimiento también terminó convirtiéndose en el corazón de su nuevo libro, Manejá tu miedo con amor, donde trabaja sobre una idea incómoda pero poderosa, el miedo no necesariamente desaparece, aunque sí puede transformarse. Porque detrás de cada persona que posterga sacar el auto, evita una autopista o depende siempre de alguien más para moverse, suele aparecer algo bastante más grande que el tránsito.

La dificultad rara vez es técnica
Las historias se repiten con distintas caras. Una mujer llega con el registro vencido después de más de diez años sin manejar. Otra evita salir de un recorrido mínimo porque siente que cualquier cambio puede desbordarla. Otra directamente aprendió, aprobó el examen y jamás volvió a tocar un volante. En todos los casos aparece un patrón parecido, la dificultad rara vez es técnica.
“La mayoría de las personas vienen con conocimientos previos, incluso con licencia, pero con un bloqueo emocional muy fuerte”, explica Luly. Muchas veces el origen está asociado a experiencias puntuales que quedaron grabadas con intensidad, un choque, un bocinazo, una situación de exposición, una mala experiencia de aprendizaje. “El miedo se aprende y justamente por eso también puede transformarse”, señala.
Otra escena frecuente aparece en mujeres que crecieron escuchando comentarios desalentadores alrededor del manejo. Frases naturalizadas, bromas repetidas durante años, ideas que terminan instalándose como una verdad. “Existen muchos mandatos que condicionan la relación con el volante. Personas que llegan convencidas de que no van a poder incluso antes de intentarlo”, describe.

También están quienes manejan únicamente dentro de un territorio controlado. Calles conocidas, trayectos repetidos, horarios sin tránsito. Todo lo que queda por fuera de ese esquema activa ansiedad. Una avenida, una autopista, una maniobra nueva. “Muchas veces el tránsito se vive como un espacio agresivo y entonces la persona empieza a achicarse para sostener esa sensación de seguridad”, explica.
El perfeccionismo suma otra capa de tensión. Personas que sienten que cualquier error confirma una supuesta incapacidad. “Existe una exigencia enorme de hacerlo perfecto desde el principio y eso termina paralizando. Aprender a manejar implica equivocarse, practicar y volver a intentar”, afirma.
También aparecen historias atravesadas por la dependencia. Mujeres que nunca manejaron solas porque siempre hubo otra persona ocupando ese lugar, una pareja, un padre, un amigo. Hasta que un día necesitan hacerlo y descubren que el bloqueo es mucho más profundo de lo que imaginaban. “Tener licencia habilita muchísimo más que conducir. Permite trabajar, organizar la vida cotidiana, tomar decisiones con más libertad, incluso resolver situaciones inesperadas”, explica.
En todas esas escenas aparece un hilo común, el miedo nunca surge de la nada. Se construye a partir de experiencias, discursos, inseguridades y contextos. Y justamente por eso puede trabajarse. “Cada avance modifica algo mucho más profundo que la relación con el auto”, resume Luly.

Mucho más que aprender a manejar
Después de casi dos décadas de trabajo, Luly empezó a detectar algo que se repetía en prácticamente todas las historias. El verdadero cambio rara vez sucedía cuando alguien lograba estacionar o animarse a una autopista. El punto de inflexión aparecía antes, en el momento en que la persona dejaba de pensarse desde la imposibilidad.
“Cuando alguien entiende que lo que le pasa tiene más que ver con lo emocional que con la capacidad técnica, cambia completamente la manera de posicionarse frente al manejo”, explica. Esa transformación implica revisar experiencias previas, bajar niveles de exigencia y construir confianza desde otro lugar.
Muchas de las personas que llegan a Mujeres al Volante arrastran historias de tensión, vergüenza o frustración. Relatos de gritos, apuros o situaciones donde sintieron que manejar era exponerse permanentemente al juicio ajeno. “Resulta muy difícil construir seguridad desde el miedo o desde la presión. Por eso es tan importante generar espacios de escucha y acompañamiento”, sostiene.

Esa mirada también atraviesa su nuevo libro, donde propone dejar de pensar el miedo como un enemigo que debe eliminarse para empezar a entenderlo como una emoción que puede transformarse. “La idea fue reunir muchas de las historias y aprendizajes de estos años para que otras personas puedan verse reflejadas y entender que lo que les pasa tiene explicación y salida”, explica.
A medida que el proceso avanza, empiezan a aparecer cambios que exceden completamente el manejo. Personas que reorganizan su rutina, que recuperan independencia, que se animan a hacer cosas que antes evitaban. “Manejar termina funcionando como una metáfora muy potente. Muchas veces, cuando alguien se anima a ocupar ese lugar, también empieza a tomar otras decisiones en su vida”, reflexiona.
El miedo, en ese contexto, deja de ser un límite definitivo. Cambia de forma. Pierde centralidad. “No desaparece de un día para el otro, pero se transforma la relación que tenemos con él. Y eso modifica muchísimo más que la experiencia de manejar”, concluye.




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