“Yo quería a Tucumán como la tierra de mi nacimiento, pero han sido aquí tan ingratos conmigo, que he determinado irme a morir a Buenos Aires, pues mi enfermedad se agrava cada día más”, le escribió Manuel Belgrano a fines de 1819 a José Celedonio Balbín, proveedor del Ejército del Norte y uno de sus amigos más cercanos. La frase condensaba el estado de ánimo de sus últimos meses: sentía que la provincia en donde había luchado por la independencia, donde vivía su hija, donde construyó fortificaciones, lo había abandonado.

En ese entonces, Bernabé Aráoz era el hombre fuerte de Tucumán, en una Argentina fragmentada por guerras civiles y sin un gobierno nacional capaz de imponer autoridad sobre todo el territorio. Como caudillo provincial concentraba el poder político y militar: gobernaba, comandaba fuerzas armadas y tomaba decisiones con autoritarismo. Pretendía formar la República del Tucumán, no independiente, pero sí autónoma. Así, ordenó el arresto de Belgrano, que estaba vinculado al poder político central.
“Muero tan pobre…”
La situación había llegado a un extremo humillante: como padecía hidropesía, tenía las piernas tan hinchadas que apenas podía moverse, y los pulmones tan comprometidos que no podía respirar acostado, por lo que pasaba las noches sentado en un sillón. Pero ni eso evitó que intentaran ponerle grilletes. Solo desistieron cuando su médico, Joseph Redhead, alegó que dada la inflamación de sus pies, eso sería como una tortura. Finalmente, el 2 de enero de 1820 Aráoz ordenó su liberación.

Pero el viaje solo pudo concretarse gracias a la ayuda de Balbín, que le prestó 2000 pesos. Las autoridades tucumanas se habían negado a otorgarle ese dinero con el argumento de que las arcas provinciales estaban exhaustas después de años de guerra. Pasaban por alto que todavía le debían salarios y que el general había destinado los 40.000 pesos recibidos tras la victoria de Salta, en 1813, a la construcción de escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero.
Regresó, entonces, a Buenos Aires, a la casa donde había nacido, sobre la actual avenida Belgrano 430, en el barrio de Monserrat. Llegó, según escribió el historiador Ovidio Giménez, “enfermo, pobre y desencantado”. Continuó reclamando pagos atrasados y solicitando ayuda al gobernador bonaerense Manuel de Sarratea, pero los montos siempre fueron escasos, y su salud se deterioraba rápidamente.

Daniel Balmaceda cuenta en Belgrano. El gran patriota argentino que el general le hizo una confesión a Balbín cuando este lo visitó. Resumía su situación: “Me hallo muy malo, duraré pocos días, espero la muerte sin temor, pero llevo un gran sentimiento al sepulcro […]. Muero tan pobre que no tengo cómo pagarle el dinero que usted me tiene prestado”.
“Aquí yace el general Belgrano”
El 25 de mayo de 1820, dictó su testamento: dispuso que sus restos fueran enterrados en el Convento de Santo Domingo, a metros de su casa, y nombró como albacea a su hermano Domingo Estanislao Belgrano, sacerdote y fraile de esa orden.
La decisión no era casual. La fe católica había atravesado toda su vida. Hijo de una familia profundamente religiosa, Belgrano aprendió a leer y escribir en Santo Domingo, integró la Tercera Orden dominica y fue miembro de la Cofradía del Rosario. Incluso en sus campañas militares mantuvo una intensa práctica religiosa.

En ese documento quedó claramente asentado: “[…] creyendo ante todas cosas como firmemente creo en el alto misterio de la Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas, y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y Sacramentos que tiene, cree y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir como Católico y fiel Cristiano que soy […]”.
Y agregó: “Ordeno que dicho mi cuerpo, amortajado con el hábito del Patriarca de Santo Domingo, sea sepultado en el Panteón que mi casa tiene en dicho Convento, dejando la forma del entierro, sufragios y demás funerales a disposición de mi albacea”.

Belgrano falleció en esa casa la mañana del 20 de junio de 1820, a los 50 años. Su cuerpo fue trasladado a la iglesia Santo Domingo, como él quería. Iba en un cajón de pino cubierto por un paño negro. No hubo ninguna demostración pública: su muerte coincidía con “el día de los tres gobernadores” (Ildefonso Ramos Mejía, hasta entonces gobernador de Buenos Aires, había presentado su renuncia un día antes; ese 20 de junio se reunió la Junta de Representantes, que resolvió que el mando pasara a manos del Cabildo, pero este proclamó como gobernador a Miguel Estanislao Soler). Su hermano programó el funeral para el 27 de junio.
A la ceremonia solo fueron familiares y amigos íntimos. Lo enterraron en el atrio, que estaba en el patio. Usaron como lápida una placa de mármol viejo que perteneció a una cómoda de su madre. La había cedido su hermano Miguel. Solo decía: “Aquí yace el general Belgrano”. En 1855 la tuvieron que cambiar, según cuenta Balmaceda, por el desgaste que sufrió a causa de las pisadas de los peatones.

Durante 83 años, los restos del prócer permanecieron, olvidados por el pueblo, en ese patio en la esquina de la avenida Belgrano y la calle Defensa. Bajo esa lápida humilde e improvisada. Hasta que, en 1895, se gestó un movimiento que pedía honrar al héroe. Nació en las aulas del Colegio Nacional de Buenos Aires y de la Escuela Nacional de Comercio.
Estaban preparando una velada para el 9 de julio de ese año, pero un día antes los estudiantes marcharon por la Avenida de Mayo desde la plaza Lorea hasta el monumento a Belgrano, entonaron el himno, y Gabriel Souto, uno de ellos, tomó la palabra: reclamó que se reparara el olvido en el que había caído el prócer a través de la construcción de un mausoleo digno de su lugar en la historia. También convocó a crear una comisión para reunir fondos mediante una suscripción pública.

La propuesta tuvo una repercusión inmediata. Donaron plata las legislaturas provinciales, el Ejército y la Armada, escuelas y particulares. El Congreso Nacional también aportó recursos mediante la ley 3363. Cuando la campaña concluyó, se habían reunido 107.725 pesos, una suma considerable para la época.
Luego se abrió un concurso internacional para elegir el proyecto. Participaron escultores argentinos, italianos y franceses. El ganador fue el italiano Ettore Ximenes, artista de prestigio que también había realizado el busto de la República del Salón Blanco de la Casa Rosada y el mausoleo de Francisco Muñiz.
Pero la historia tendría, todavía, un giro más.
Huesos, madera y unos clavitos de bronce
El mausoleo estaba casi construido. El 4 de noviembre de 1902 se realizó la exhumación de los restos, que permanecieron hasta entonces en el atrio. El diario La Prensa describió: “[…] tuvo lugar ayer por la tarde la ceremonia de exhumación de los restos del general D. Manuel Belgrano. Después de ser levantada la lápida que cubría la fosa, se hizo la primera excavación hasta dar con la bóveda en la cual esperaban todos ver los restos del ilustre guerrero; pero abierta aquella, […] se vio que no había tales restos en su interior […]. En seguida continuó la excavación, pero el escultor, Ximenes, que desde el primer momento ayudaba a estos trabajos, removió la tierra del fondo de la fosa y aparecieron algunos huesos del esqueleto de Belgrano, varios trozos de madera y unos cuantos clavitos de bronces”.

Iban depositando todo sobre una bandeja de plata sostenida por un sacerdote dominico y después los dejaron en una urna provisoria bajo el altar mayor de la iglesia para que quedaran hasta la inauguración del nuevo mausoleo.
Sin embargo, la ceremonia derivó en un escándalo: entre los restos aparecieron varios dientes en buen estado. Según denunció el mismo medio, fueron los molares que terminaron en los bolsillos de dos de los funcionarios presentes: el ministro del Interior, Joaquín V. González, y el ministro de Guerra, Pablo Ricchieri.

El periódico reaccionó con dureza. Recordó que aquel acto “debió ser hecho con la mayor solemnidad, para honrar al héroe más puro e indiscutible de la época de nuestra emancipación”. Exigieron: “Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la Nación, y que el escribano labre un acto con el detalle que todos deseamos y que debe tener todo documento histórico”. La indignación pública obligó a ambos ministros a devolverlos pocos días después.
A su inmortal memoria
Meses más tarde, el 20 de junio de 1903, se inauguró, finalmente, el nuevo mausoleo, 83 años después de la muerte de Belgrano.
Con sus nueve metros de altura, la obra de Ximenes fue concebida como una síntesis visual de la vida del prócer. Dos figuras de bronce representan el pensamiento y la acción; los bajorrelieves evocan las batallas de Tucumán y Salta y la creación de la bandera; y cuatro figuras femeninas aladas sostienen un sarcófago de aluminio. Cada una simboliza una faceta de su legado: la humildad en la victoria, la educación, la vida militar y el impulso a la industria. En la parte superior, sobre el sarcófago, un cóndor de bronce despliega sus alas en representación de la libertad y el espíritu de la nación argentina.



El convento conserva, además, otra huella de la historia. En una de sus torres todavía se ven las marcas y balas que dispararon los defensores de la ciudad cuando en las invasiones inglesas las tropas británicas se atrincheraron dentro del edificio. Belgrano había participado activamente en esto.
Al principio fue hubo una lápida improvisada, una inscripción mínima. Ahora se lee: “Precursor y Fundador de la Independencia Argentina –Vencedor en Tucumán y Salta– El pueblo y el Gobierno inauguran el mausoleo a su inmortal memoria”. La Fuerza Aérea añadió otra placa: “Al creador de la bandera nacional”. El Ejército sumó la suya: “Creador de su gloriosa bandera”.
La gratitud llegó, finalmente, después de casi un siglo de olvido.





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