La “grieta” no es un producto de la época kirchnerista en la política argentina, ni las rencillas internas –como las que sacuden al Gobierno en las últimas semanas- son una secuencia moderna. Todo esto se instaló desde la propia cuna de la nuestra nacionalidad, cuando la Revolución de Mayo de 1810 depuso al virrey y comenzó el ciclo emancipador.
Por entonces, la división se instalaba en la Junta revolucionaria entre un sector más conservador, simbolizado por Cornelio Saavedra, y uno más radicalizado, el del secretario Mariano Moreno. Después, habría otros nombres y otras tendencias para ir cultivando los enfrentamientos por un siglo, y otro siglo, hasta hoy. La figura de Moreno fue revalorada en las últimas décadas, pero la de Saavedra parece eclipsada hasta en los textos escolares que nos ofrecían los maestros de la primaria.
Saavedra, Moreno
El ciclo de Moreno y Saavedra al frente de los destinos “nacionales” fue breve, menos de un año para el secretario de la Junta y poco más para el presidente.
Refiriéndose a las divisiones en la Junta de mayo, la historiadora Marcela Ternavasio definió:
“Dos grupos ya habían comenzado a distinguirse en la Junta. Moreno lideró uno. Consideraba que los diputados –convocados del interior- debían formar un Congreso y dictar una Constitución. Saavedra, en cambio, apoyaba que la propia Junta de mayo fuera ampliada. Moreno expresaba una posición más radicalizada que abría camino a la emancipación definitiva. Saavedra era más conservador porque formar una ‘junta de ciudades’ implicaba mantenerse dentro del orden jurídico hispánico, aunque con la autonomía que significaban los sucesos de mayo”.
Uno de los primeros choques se produjo antes de la formación de la Junta Grande, en diciembre de 1810. Fue cuando un capitán de Patricios llamado Atanasio Duarte brindó –en las celebraciones de los primeros avances del Ejército enviado al norte- “por Saavedra emperador y Doña Saturnina (su mujer”). La furia de Moreno no demoró con su célebre decreto de supresión de honores y donde, fundamentalmente, le quitaba a Saavedra el mando militar.
Moreno apuntó allí que “un habitante de Buenos Aires ni ebrio ni dormido debe tener expresiones contra la libertad de su país”. Prohibió todo brindis o aclamación pública a favor de cualquier funcionario y suprimió los honores especiales a los miembros de la Junta.
Pero la formación de aquella Junta Grande dejó al “morenismo” en minoría y el propio secretario, enviado en misión diplomática a Inglaterra, murió en alta mar.
Una sublevación de morenistas el 5 y 6 de abril de 1811 terminó mal para ellos. A Saavedra le restituyeron el poder militar. Tampoco duraría demasiado. Enviado como jefe del Ejército del Norte, la llegada del primer Triunvirato –reemplazando a la Primera Junta en funciones ejecutivas- significó también el final de su carrera política.
Lo que vendrían serían diatribas y persecuciones.
Don Cornelio y su zona
En realidad, Saavedra no tendría demasiadas motivaciones para meterse en los avatares políticos, salvo alguna (no declarada) ambición. Para el virrey Elío “es un zorro astuto, que encubre la ambición más desenfrenada”.
Hijo de un rico hacendado, Cornelio Saavedra había nacido en la villa del Potosí –actual territorio de Bolivia- en 1759 pero vivió en Buenos Aires desde los ocho años, estudió en el Colegio Real de San Carlos con orientación a la filosofía y más adelante, volcado al comercio, incrementó la fortuna familiar.
Las invasiones inglesas lo contaron como protagonista ya que fue uno de los líderes de la resistencia y el primer jefe –elegido por voluntad de sus soldados- del Regimiento Patricios. Liniers promovió ese Regimiento, pero más adelante, el sector radicalizado de la Revolución, ordenó su fusilamiento en Cabeza de Tigre. El dolor por firmar aquella sentencia contra su exjefe acompañaría a Saavedra por el resto de su vida.
Con las invasiones inglesas, a Saavedra le aparece su vocación militar. En sus memorias escribió: “Ese fue el origen. El inminente peligro de la patria; el riesgo que amenazaba nuestras vidas y propiedades, y la honrosa distinción que habían hecho los hijos de Buenos Aires prefiriéndome a otros muchos paisanos suyos para jefe y comandante, me hicieron entrar en ella».
La fuga
Cuando Saavedra fue destituido en el Ejército del Norte, a solo ocho días de su llegada a Salta, comenzó su calvario. Cruzó la cordillera en duras condiciones, junto a uno de sus pequeños hijos, y se refugió en Coquimbo, Chile, en plena guerra con los ejércitos realistas.
Había dejado a su esposa y sus otros hijos en San Juan. Pero hasta Chile también llegó Juan José Paso –su ex secretario en la Junta de mayo- para reclamar su extradición. Y el director supremo Gervasio Posadas exigió “deportarlo a cualquier isla desierta”. La Asamblea del Año XIII, tras un juicio de residencia lo condena al exilio permanente. El gobierno chileno se negó a entregarlo. Después del desastre de Rancagua, donde los españoles retomaban el control del país, Saavedra estaba cercado: si caía en manos de los españoles, su destino era el fusilamiento. Si volví a lo que hoy es la Argentina, tal vez encontrara algo de clemencia. Fue su mujer, Saturnina Otárola, quien le escribió a San Martín –ya organizando el Ejército libertador en Mendoza- quien salvó a Saavedra y le fijó la residencia en San Juan.
Los gobiernos de entonces estuvieron en uno y otro lado, algunos le devolvieron honores y cargos militares, otros lo enjuiciaron. Hasta que finalmente en 1818 Pueyrredón le reintegró el cargo de Brigadier General del Ejército del Norte. Tuvo escasa participación allí y se retiró, aunque se ofreció, ya anciano, para pelear en la guerra con Brasil.
Memorias
Retirando en su estancia Rincón de Cabrera –actual zona de Zárate- se dedicó a tareas rurales y a escribir sus memorias, que aparecieron en La Gaceta Mercantil: “Aunque la conciencia no me acusa de haber hecho mal a nadie, ni con ánimo resuelto y deliberado causado heridas en sus intereses y reputación, si alguno se cree en este caso, le pido que me perdone«.
Saavedra murió por un ataque cardíaco el 29 de mayo de 1829. Juan José Viamonte, alguna vez su subordinado y ahora gobernador, ordenó enterrarlo con honores en la Recoleta. Así indicaba su decreto:
«El primer comandante de Patricios, el primer presidente de un gobierno patrio, pudo sólo quedar olvidado en su fallecimiento por las circunstancias calamitosas en que el país se hallaba; pero después que ellas han terminado, sería una ingratitud negar al ciudadano tan eminente el tributo de honor debido a su mérito y a una vida ilustrada con tantas virtudes que supo consagrar entera al servicio de la patria.»
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Luis Vinker
Secretario de Redacción. Editor Jefe. [email protected]
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