Iguazú (Kelly Ferreyra) Hoy quiero hablarte a vos.

A aquella niña que hacía collares con hojas de mandioca, sin imaginar que algún día iba a publicitar joyas carísimas. Joyas que nunca soñaste tener y que, te cuento algo, tampoco hoy me quitan el sueño.
A vos, que te ponías flores sobre las uñas para imaginar que estaban pintadas. Hoy puedo elegir el color, comprarme el esmalte que quiera y pintármelas yo.
A vos, que comías moras para teñirte los labios de morado. Hoy uso labiales MAC. Mirá hasta dónde llegamos.
Me acuerdo de aquellas botas de goma blancas, con taco, que me compró mi hermano porque eran las únicas que había. Y mirame ahora: sigo amando la lluvia. Salgo con mis Crocs, con chinelas, o descalza, me mojo y soy feliz. Porque hubo un tiempo en que la lluvia no era tan romántica.
Era ir a la escuela tapada con un mantel de plástico porque en casa no había paraguas. Y fui igual. (pero escondíamos el mantel en el monte con mi hermanita antes de llegar al colegio, porque nos daba verguenza)…
Me acuerdo de aquel Día del Niño, allá en Cruce Caballero. Mamá y papá hicieron el esfuerzo y me regalaron un colectivo amarillo de plástico. Yo, curiosa como siempre, quise saber qué tenía adentro y lo corté…channn!!! No tenía nada. Y obviamente… ligué. Jajaja.
Quién iba a decirle a esa nena fascinada con un colectivo de plástico que algún día iba a viajar miles y miles de kilómetros, subir a aviones, conocer lugares y volar tantas veces que terminaría naturalizando algo que para ella hubiera sido inimaginable.
Me acuerdo de vos bajando el cerro para ir a la escuela, con zapatos de plástico y medias tres cuartos en plena helada. Hoy amo la nieve. Quizás porque ahora puedo jugar con ese frío que alguna vez simplemente había que aguantar. O con los zuecos que fabricó papá con una pedazo de madera y las tiritas del caucho de las gomas, wowww, que lindo eraaannn, tengo cicatrices en la rodilla por caerme en las piedras, pero hoy elijo que zapatos quiero, y no me importa si son de Tommy o son de Temu.
También me acuerdo cuando te dijeron que los negros no salían en la televisión. Qué cosa, ¿no?, No salimos en la tele… Así que nos construimos nuestro propio medio y hasta dicertamos en Harvard!
Me acuerdo de aquella profesora de Biología que te decía “ratita”. Y también te exigía con el francés porque sabía que vos podías dar más.
Me acuerdo de las noches enteras encerrada en la habitación, cortando la ropa de tus hermanos, cosiendo, bordando, inventando cualquier cosa para que se viera cool. No había plata para tener la ropa que tenían otros. Entonces la inventabas. te confiezo que sigo reciclando mi ropa jajajaja.
A los 14 años empezaste a trabajar en una tienda porque querías tener tu propia plata. Y también conociste temprano la injusticia: te trataron de ladrona. Seguiste. Siempre seguiste.
Me acuerdo de aquella fiesta de la escuela donde te regalaron una latita de Coca-Cola vacía y vos hacías de cuenta que tomabas.
Porque a veces la infancia también fue eso: hacer de cuenta que teníamos para sentir, aunque fuera por un ratito, que pertenecíamos al mundo de los otros chicos de nuestra edad.
¿Sabés qué es lo más gracioso? Hoy puedo comprar toda la Coca-Cola que quiera. Y no tomo. No me gusta. La vida también tiene esos pequeños ajustes de cuentas maravillosos.
Me acuerdo del traje de Mujer Maravilla que te fabricó tu hermano. Te lo ponías y saltabas por los barrancos convencida de que estabas salvando a los vecinitos. Y quizás algo de esa Mujer Maravilla quedó. Porque sos fan de Black Widows y tenes tu propia caricatura ajajja.
También estabas vos, parada entre el humo mientras mamá quemaba la basura, cantando y soñando con convertirte algún día en una gran artista. Bueno, niña… Tengo una mala noticia. Todavía no aprendimos a cantar. Jajaja. Pero seguimos cantando.
Fuiste segundo promedio en el secundario. Jugaste al fútbol, al vóley, bailaste y te creíste Madonna y Tina Turner todas las veces que quisiste. Y mientras vos soñabas, también hubo gente que se rio. Se rieron porque eras negrita.
Te llamaban “saracura” porque eras demasiado flaquita. Te hicieron sentir diferente muchas veces. Y, sin embargo, nunca pudieron convencerte de que valías menos. Por eso hoy, en el Día del Niño, no quiero mirar aquella infancia con lástima. Quiero mirarte con orgullo.
Porque no tuviste todo lo que querías, pero hiciste maravillas con lo que tenías. Porque nadie vino a regalarte una vida. La construiste. Estudiaste. Trabajaste. Te caíste. Te lastimaron. Aprendiste. Volviste a empezar. Y aquellas cicatrices que alguna vez dolieron terminaron convirtiéndose en parte de la mujer que soy. Nunca te rendiste.
Creíste incluso cuando había muy pocas razones para hacerlo. Y, sobre todo, hiciste aquello que papá te enseñó: nunca perdiste la fe.
Hoy quiero darte las gracias. Gracias por aguantar. Gracias por imaginar. Gracias por ser curiosa. Gracias por seguir caminando con frío, con lluvia, con zapatos de plástico, con un mantel encima, con miedo, con vergüenza, con bronca… pero siempre hacia adelante.
Si no fuera por vos, yo no estaría acá. Así que quedate tranquila, niña. Ya no tenés que demostrarle nada a nadie.
Hoy yo te cuido.
Hoy yo te mimo.
Hoy yo te regalo.
Hoy yo te dejo jugar.
Hoy yo te defiendo.
Hoy yo te celebro.
Y cuando llueva, salimos juntas. Sin paraguas. Pero esta vez, porque queremos.
Feliz Día del Niño, mi niña. Eternamente agradecida con vos.
* Kelly Ferreyra, periodista, directora de LaVozDeCataratas





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